A la dirección mental cuesta captarla, pero aparece clara en el sistema de imágenes profundas que lleva a las personas a buscar determinadas cosas y actuar con preferencias, en el mundo.

Normalmente, la dirección mental no se capta, sino que, más bien, se advierten gustos, preferencias por ciertos objetos, armado de situaciones, determinadas relaciones personales, pero, la línea mental que une estos objetos, situaciones o relaciones, pasa inadvertida.

Muchas veces se producen contradicciones entre la dirección mental y lo que el mundo presenta, porque éste no concuerda con las búsquedas. En otras, la contradicción se produce entre la búsqueda y lo que hacemos con las cosas en el mundo.

Por esto, es de suma importancia esclarecernos internamente sobre la concordancia entre lo que se siente profundamente y lo que se busca afuera; entre las imágenes profundas, lo que se busca, lo que se hace, lo que se encuentra en el medio.

Estas imágenes profundas, acompañadas de deseos profundos, de anhelos profundos, no suelen advertirse, no se tiene conciencia de ellos.

Son, precisamente estas imágenes, deseos y anhelos profundos los que nos llevan en cierta dirección hacia el mundo, a buscar ciertas cosas, a establecer ciertas relaciones, a crear determinadas situaciones; allí está la dirección mental actuando en un comportamiento.

A su vez, estas imágenes profundas no son «innatas», sino que se van formando con el accionar en el mundo, en la integración con las demás personas, en el acontecer biográfico. No se nace con estas imágenes profundas predeterminadas; más bien, resultan de las intenciones que se tienen frente a los condicionamientos el medio sociocultural al que llamamos «sistema»-. Es en esa interacción que se formalizan, en lo profundo de nosotros mismos, esas imágenes que podemos llamar imágenes-guías, que orientan en determinada dirección.

Cabe destacar que las respuestas frente a esos condicionamientos están también en función del mundo interno; respuestas hacia adentro y hacia afuera. En algunos casos siguen las pautas del sistema sociocultural, en otras no, siendo estas últimas más independientes de los condicionamientos. Esto es muy importante de esclarecer.

El contacto con estas imágenes-guía profundas no es fácil, ya que la conciencia suele estar como tomada» por esas imágenes. Por otra parte, también la conciencia está como «pegada» a lo que percibe (al sistema con sus opiniones, sus valores, sus símbolos, etc.).

Es imprescindible pues, hacer estos trabajos que permitan ver esas imágenes produciendo una perspectiva interna y un despegue del medio circundante

Las mencionadas imágenes-guía profundas se formalizan en una época biográfica y actúan sobre las siguientes etapas vitales tiñéndolas con esa características, además de marcar la búsqueda que, a su vez, se formaliza en el mundo.

Aquí suele ocurrir que esas imágenes-guía profundas, por haberse formalizado en otra época, ya no corresponden al tipo de mundo en que se vive actualmente, produciéndose un ‘desencaje’ básico con éste, pues éste ha variado. Tal desencaje, dado por el hecho de que uno busca algo que el mundo ya no puede dar, lleva a un desencuentro constante con los demás y con uno mismo.

De modo que es fundamental hacer estos trabajos que permitan ver esas imágenes-guía profundas captando en qué dirección nos lanzan, hacia qué tipo de objetos, de relaciones, de situaciones. Con lo cual se comprenderá la propia conducta, el sistema de roles que se tienen, las preferencias, las situaciones que se constelan y se abrirá un camino para hacer modificaciones conductuales importantes.

Al reconocerse las imágenes profundas casuales, formadas sin nuestro sistema de referencias, se podrán cambiar por un conjunto de imágenes profundas intencionales, formadas en base a nuestras pautas.

No obstante la complejidad del tema, en la práctica se simplifica bastante debido a que, fundamentalmente, las imágenes guían al cuerpo. Bastará entonces, con prestar atención a lo que realmente hacemos (no tanto lo que pensamos) para descubrir la dirección mental. Por ej. pienso que hacer determinada cosa es muy importante, pero termino haciendo otra muy distinta; es decir, aunque creo que es una prioridad, la dejo de lado.

Así, lo que termino haciendo es prioridad 1 y lo que pienso hacer es prioridad 2. Si dejo el Operativo por charlas en el café, ésta es la prioridad 1: así serán los resultados. Si luego corrijo y priorizo la acción del operativo, otra será la eficacia lograda.

Cabe reparar que este tema no es tan interesante en el campo de lo cotidiano, sino más bien en el terreno de lo que realmente nos importa, aquí sí necesitamos priorizar, corregir, mejorar. Al aclarar las prioridades, qué es primero, qué segundo, qué tercero, se organiza mejor el tiempo, la energía aplicada, se proporcionan los hechos y se gana en eficacia.

Es tan importante el tema de la dirección mental, de «lo que hacemos con la cabeza» que podemos afirmar: las situaciones que nos constelamos, las relaciones que establecemos (o rompemos), las cosas que buscamos, que encontramos y que perdemos, en fin, todo lo que hacemos con nosotros mismos, los demás y el mundo, todo depende de nuestra dirección mental; aunque se suele pensar lo contrario: que son los demás, las circunstancias, etc. que nos llevan en una dirección.

Simplificando, interesa observar lo siguiente:

  1. Ver lo factual, los hechos, las actividades en las que se participa (donde se «pone el cuerpo») en contraste con lo que se piensa o siente y
  2. Ver situaciones producidas en las que actuamos de modo opuesto a nuestra propuesta. Aquí obtendremos indicadores a los que prestar atención para descubrir la propia dirección mental. Anotar dónde va el cuerpo, qué hace el cuerpo y analizar las situaciones que producimos nos dará abundante material de reflexión.