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Audio 1 – Primera grabación en español

 

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Aclaración sobre la experiencia a llevarse a cabo

Esta experiencia, aprovechando condiciones dramáti­cas, impulsa a la apertura y a la comunicación con las otras personas. El tema de las “buenas acciones” se introduce para fijar ideas de solidaridad y ayuda a otros. Si se tiene un mediano conocimiento de nuestra doctri­na, se comprenderá la utilidad que tiene para la propia vi­da fortalecer actitudes que desarraiguen el egoísmo y el encerramiento. Por otra parte, tales ventajas pueden en­tenderse pero no por ello mover al cambio de actitud en ese sentido. La presente experiencia, habilita el cambio siempre, por supuesto, que se desee marchar sincera­mente en esa nueva dirección.

Experiencia guiada

Nos desplazamos velozmente, por una gran carretera. A mi lado, maneja una persona que no he visto nunca. En los asientos traseros, dos mujeres y un hombre, también desconocidos. El coche corre rodeado por otros vehícu­los que ruedan imprudentemente como si sus conducto­res estuvieran ebrios o enloquecidos. No estoy seguro si está amaneciendo o cae la noche.

Pregunto a mi compañero acerca de lo que está suce­diendo. Me mira furtivamente y responde en una lengua extraña: “¡Rex voluntas!”. Luego prende la radio que nos devuelve fuertes descargas y ruidos de interferencia eléctrica. Sin embargo, alcanzo a escuchar una débil voz metálica que repite monótonamente: “rex voluntas… rex voluntas… rex voluntas…”.

El desplazamiento de los vehículos se va enlentecien­do, mientras veo al costado del camino numerosos coches volcados y un incendio que se propaga entre ellos. Al detenernos, todos abandonamos el vehículo y corremos hacia los campos entre un mar de gente que se abalanza despavorida.

Miro hacia atrás y veo entre el humo y las llamas, a muchos desafortunados que han quedado atrapados mortalmente, pero soy obligado a correr por la estampi­da humana que me lleva a empellones. En ese delirio, in­tento inútilmente llegar a una mujer que protege a su niño, mientras la turba le pasa por encima cayendo muchos al suelo.

En tanto se generaliza el desorden y la violencia, deci­do desplazarme en una leve línea diagonal que me per­mita separarme del conjunto. Apunto hacia un lugar más alto que obligue a frenar la carrera de los enloquecidos. Muchos desfallecientes se toman de mis ropas hacién­dola girones, pero de todas maneras compruebo que la densidad de gente va disminuyendo.

He logrado zafarme y ahora sigo subiendo ya casi sin aliento. Al detenerme un instante, advierto que la multi­tud sigue una dirección opuesta a la mía, pensando se­guramente que al tomar un nivel descendente podrá salir más rápidamente de la desesperada situación. Compruebo con horror que aquel terreno se corta en un precipicio. Grito con todas mis fuerzas para advertir, aun­que fuera a los más próximos, sobre la inminente ca­tástrofe. Entonces, un hombre se desprende del con­junto y se acerca corriendo hasta mí. Está con las ropas destrozadas y cubierto de heridas. Sin embargo, me pro­duce una gran alegría que pueda salvarse. Al llegar, me aterra un brazo y gritando como un loco señala hacia aba­jo. No entiendo su lengua pero creo que quiere mi ayuda para rescatar a alguien. Le digo que espere un poco por­que en ese momento es imposible… Sé que no me en­tiende. Su desesperación me hace pedazos. El hombre entonces, trata de volver y en ese momento lo hago caer de bruces. Queda en el suelo gimiendo amargamente. Por mi parte comprendo que he salvado su vida y su con­ciencia, porque él trató de rescatar a alguien pero se lo impidieron.

Subo un poco más y llego a un campo abierto y plano.

Escucho a la distancia disparos de armas y creo comprender lo que está sucediendo. Me alejo apresuradamente del lugar. Pasado un tiempo me detengo. Todo está en silencio. Miro en dirección a la ciudad y veo un si­niestro resplandor.

Empiezo a sentir que el piso ondula bajo mis pies y un bramido que llega de las profundidades me advierte sobre el inminente terremoto. En efecto, al poco tiempo he perdido el equilibrio. Quedo en el suelo lateralmente encogido pero mirando el cielo. Cuando el temblor ha ce­sado, veo una luna enorme, como cubierta de sangre.

Hace un calor insoportable y respiro el aire cáustico de la atmósfera malignamente contaminada. Entre tanto, si­go sin comprender si amanece o cae la noche…

Ya sentado, escucho un retumbar creciente. Al poco tiempo, cubriendo el cielo, pasan cientos de aeronaves como mortales insectos que se pierden hacia un ignora­do destino.

Descubro cerca mío un gran perro que mirando hacia la luna comienza a aullar casi como un lobo. Lo llamo. El animal se acerca tímidamente. Llega a mi lado. Acaricio suavemente su pelambre erizado. Está temblando.

El perro se separa de mí y empieza a alejarse. Me pon­go en pie y lo sigo. Así recorremos un espacio pedrego­so hasta llegar a un arroyo. El animal sediento se abalanza y comienza a beber agua con avidez, pero al momento retrocede y cae. Me acerco, lo toco y compruebo que ha muerto. Seguramente el arroyo lleva aguas contamina­das.

Siento nuevos temblores de tierra que amenazan con derribarme, pero pasan. Giro sobre mis talones y diviso en el cielo, a lo lejos, cuatro formaciones de nubes que avanzan con sordo retumbar de truenos. La primera es blanca, la segunda roja, la tercera negra y la cuarta ama­rilla. Y esas nubes se asemejan a cuatro jinetes armados sobre cabalgaduras de tormenta, recorriendo los cielos y asolando toda vida en la tierra.

Corro en dirección opuesta a las nubes que se acer­can, buscando algún refugio. Comprendo que si llega hasta mí la lluvia, quedaré contaminado. Sigo avanzando a la carrera, pero de pronto se alza adelante una figura colosal. Es un gigante que me cierra el camino. Agita amenazante una espada de fuego. Le grito que debo se­guir porque se acercan las nubes radiactivas. El me res­ponde que es un robot puesto allí para impedir el paso de gente destructiva. Agrega que está armado con rayos así es que advierte que no me acerque. Veo que el gigante separa netamente dos espacios: aquel del que proven­go, pedregoso y mortecino; el otro, lleno de vegetación y vida.

Entonces grito: “¡Tienes que dejarme pasar porque he realizado una buena acción!”

-¿Qué es una buena acción? -pregunta el coloso.

-Es una acción que construye, que colabora con la vi­da.

-Pues bien -agrega- ¿qué has hecho de bueno?

-He salvado a un ser humano de una muerte segura y además, he salvado su conciencia.

Inmediatamente, el coloso se aparta y salto al terreno lleno de vegetación en el momento en que caen las pri­meras gotas de lluvia.

Tengo al frente una granja-. Cerca, la casa de los cam­pesinos. Por sus ventanas amarillea una suave luz. Re­cién ahora, advierto que comienza el día. Los pájaros cantan armoniosamente.

Llegando a la casa se abre la puerta y un hombre rudo de aspecto bondadoso, me invita a pasar. Adentro hay una familia numerosa preparándose para las actividades del día. Todos me saludan e invitan a una mesa en la que hay dispuesta una comida simple y reconfortante. Pronto me encuentro bebiendo agua pura como de manantial. Unos niños corretean a mi alrededor.
Esta vez -dice mi anfitrión- escapó usted, pero cuan­do nuevamente tenga que pasar el límite de la muerte a la vida ¿qué acciones podrá exhibir?

Entonces le pido mayores aclaraciones porque sus pa­labras me resultan extrañas. El me explica: “Pruebe de recordar verdaderas buenas acciones efectuadas en su vida. Por supuesto que no estoy hablando de esas buenas acciones que hace la gente esperando algún tipo de recompensa. Trate de recordar solamente aquellas que haya efectuado desinteresadamente, por simple y pura solidaridad humana. Le doy tres minutos para que revise su vida y compruebe qué pobreza interior hay en usted, mi buen amigo”. Dicho lo cual, sale de la casa él y toda su gente. Quedo solo meditando en mis buenas acciones. (*)

A los pocos minutos, el campesino entra nuevamente y me dice: “Ya ve qué vacío es por dentro. Permítame darle una recomendación y acéptela, porque eso es lo único que le servirá más adelante: desde hoy propónga­se cambiar su vida; no deje pasar un solo día, sin realizar una buena acción”. Luego, me despide amablemente. Salgo por la puerta y lo saludo con la mano. A la dis­tancia, escucho que me grita: “¡Dígale a las gentes lo que va a suceder si no cambian rápidamente el sentido de sus vidas!”

Me alejo de la granja en dirección a mi ciudad.

Camino con el sentimiento de iniciar una nueva vida. Me propongo superar el encerramiento y el egoísmo. (*)

Esto he aprendido hoy: cuando el ser humano solo piensa en sus intereses y problemas personales, lleva la muerte en el alma y todo lo que toca muere con él. (*)

Intercambio sobre la experiencia

Los concurrentes discuten sus experiencias.

Recomendación

Observar todas las resistencias aparecidas a lo largo de la experiencia guiada, tratando de superarlas en repe­ticiones posteriores. Utilizar la revisión de las “buenas acciones” como tema de meditación sobre la propia vi­da, en un momento inmediatamente posterior a la expe­riencia. Tal vez la meditación pueda efectuarse, dando unos minutos a los presentes antes de levantar la reunión.

NOTAS

(27) – El tema de las cuatro nubes está inspirado en el “Apocalipsis” de Juan de Patmos (6,2 a 6,9): “Y miré, y he aquí un caballo blanco; y el que lo montaba tenía un arco; y le fue dada una corona, y salió venciendo, y para vencer. Cuando abrió el segundo sello, oí al segundo ser viviente, que decía: Ven y mira. Y salió otro caballo, bermejo; y al que lo montaba le fue dado poder de quitar de la tierra la paz y que se matasen unos a otros; y se le dio una gran espada. Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente que decía: Ven y mira. Y miré y he aquí, un caballo negro; y el que lo montaba tenía una balanza en la mano… Cuando abrió el cuarto sello, oí la voz del cuarto ser viviente que decía: Ven y mira. Miré y he aquí un caballo amarillo, y el que lo montaba tenía por nombre Muerte, y el Hades le seguía”.
Esta experiencia guiada se basa en el esquema que siguen todas: 1) entrada; 2) aumento de la tensión; 3) presentación de los núcleos de problema; 4) solución de los núcleos; 5) distensión y 6) salida en un clima positivo.
El enrarecimiento general del argumento, se ha logrado destacando la indefinición del tiempo (“No estoy seguro si está amaneciendo, o cae la noche”); confrontando espacios (“Veo que el gigante separa netamente dos espacios: aquél del que provengo, pedregoso y mortecino; del otro, lleno de vegetación y vida”); cortando la posibilidad de conexión con otras personas que, sin embargo, sufren la misma situación (“Pregunto a mi compañero acerca de lo que está sucediendo. Me mira furtivamente y responde en una lengua extraña: ¡Rex voluntas!”) y dejando al protagonista a merced de fuerzas incontrolables (calos, terremotos, extraños fenómenos astronómicos, aguas contaminadas, clima de guerra, gigante armado, etc.).

Gracias a los recursos mencionados, el sujeto, saliendo de ese tiempo y espacio caótico puede reflexionar sobre su pasado y hacer propuestas de cierta solidez a futuro.