Conducta externa y experiencia interna
Cuando diariamente se sigue una conducta sin contradicciones, retrocede el sufrimiento en uno mismo y en los que nos rodean. Por ello es de gran importancia conocer y aplicar principios o reglas prácticas en la vida, como las que nos enseña el capítulo XIII, de nuestro libro: La Mirada Interna.
Pero además de la conducta que se lleva en el mundo de relación, está la experiencia interna, individual, que cada uno reconoce a veces como frustración y sin-sentido, a veces como ideal que estimula y da alegría.
Así como es posible orientar la conducta en base a principios de acción válida, también es alcanzable una experiencia personal interna de paz, alegría y fuerza. Es posible una experiencia que dé sentido a la vida.
Y es razonable que uno sea instruido en estos dos pilares de la vida plena: la acción válida y la experiencia interna. La conducta externa, debe coincidir con la experiencia interna. Eso no sucede habitualmente, generándose en las personas esa vida contradictoria, “dividida” entre lo que hacen y dicen; entre lo que piensan u sienten, etcétera. Pensar en una dirección, sentir en otra y actuar en otra diferente, es lo más común y ello no puede solucionarse a menos que se esté instruido y se trabaje en la experiencia interna y la acción válida.
Los principios o reglas de acción válida, deben servirnos para la vida diaria del mismo modo que las experiencias que realizamos en la Comunidad, deben estar al servicio de nuestro perfeccionamiento interior.
Unidad y contradicción
Casi todos los actos que realizamos a diario, tienen un carácter rutinario y en gran medida se apoyan en hábitos adquiridos por su repetición durante mucho tiempo.
También efectuamos actos que en lugar de dejarnos indiferentes como aquellos que reiteramos de continuo, nos entregan una sensación de plenitud o de malestar.
Hay acciones que nos dan una buena sensación y luego, al recordarlas, quisiéramos repetirlas nuevamente. Tienen además, la característica de ser cosas que no hastían sino que al efectuarlas dejan el registro de mejoría, de crecimiento interno. Comer un manjar agradable nos entrega una sensación placentera, pero podríamos hastiarnos si insistiéramos más allá de ciertos límites. Además, al recordar el manjar en un momento de hambre, quisiéramos volver a comerlo, pero cada vez que lo lográramos tendríamos sensación de saciedad, no de mejora personal o de crecimiento interno.
Otro tipo de acciones nos dejan una sensación agradable en el momento, pero al recordarlas nos traen malestar. Si, por ejemplo, para aliviar nuestras tensiones momentáneas agredimos a alguien, es posible que en ese momento registremos una liberación interna, pero luego surgirá algo parecido al arrepentimiento y comprenderemos que tal cosa no será buena de repetir: también advertiremos que esa forma de proceder no nos hace crecer internamente, no nos mejora.
Los actos que dan unidad interna tienen siempre esas cualidades:
- 1) dan un buen registro al efectuarlos;
- 2) se los quisiera repetir;
- 3) se sienten como una mejora personal.
Si alguno de esos tres requisitos está ausente, es porque estamos en presencia de acciones habituales necesarias para la vida pero un tanto neutras; o bien acciones placenteras momentáneas; o por último, acciones contradictorias.
Los actos unitivos o contradictorios se sienten en el momento, se los recuerda de un modo característico y predisponen futuras conductas. De manera que eludir la contradicción y reforzar los actos de unidad interna, es de suma importancia. La disposición a lograr una vida unitiva, marca el comienzo de un verdadero sentido y de una nueva orientación en la conducta diaria. La observación de los principios de los que nos habla el capítulo XIII de La Mirada Interna, nos lleva directamente a realizar actos válidos que dan unidad interna y que alejan de la contradicción.
Pensar, sentir y actuar en la misma dirección
Frecuentemente descubrimos que estamos divididos entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Por lo contrario, cuando logramos hacer algo de acuerdo a nuestras ideas y sentimientos, sentimos esa unidad en la que quisiéramos vivir cotidianamente.
Pero, son tan diversas las situaciones y tan opuestos los compromisos que debemos afrontar a diario, que la unidad interna se ve seriamente comprometida.
Y es la falta de unidad, la que crea sufrimiento.
Puede decirse: “¡Es necesario vivir con unidad!” ¿Pero cómo lograr tal cosa?
Comencemos por examinar nuestras actividades rutinarias hasta comprender la profunda división en el pensar, el sentir y el actuar. Por el solo hecho de comprobar esto a cada paso que damos, brotará la respuesta. Pero no será una respuesta teórica, como la que ahora podríamos dar, sino que será consecuencia de una necesidad comprobada.
Digamos sintéticamente: toda persona que se preocupa por examinar en su vida diaria las contradicciones entre lo que piensa, siente y hace, advierte la necesidad de cambio en su situación y por ese hecho, obtiene de su misma experiencia, la respuesta adecuada.
La verdadera solidaridad
Consideremos estas ideas: “Donde hay sufrimiento y puedo hacer algo para aliviarlo, tomo la iniciativa. Donde no puedo hacer nada, sigo adelante alegremente.”
Semejantes ideas parecen prácticas, pero nos dejan el sabor de falta de solidaridad. ¿Cómo seguir adelante alegremente, dejando atrás el sufrimiento, desentendiéndonos del pesar ajeno?
Veamos un ejemplo. En medio de la acera un hombre cae en violentas convulsiones. Los transeúntes se arremolinan, dando instrucciones contradictorias y creando alrededor del enfermo un cerco asfixiante. Muchos se preocupan, pero no son efectivos. Tal vez, quien llama urgentemente al médico, o aquel otro que pone a raya a los curiosos para evitar el apiñamiento, sean los más cuerdos. Yo puedo ser uno de los que ha tomado la iniciativa, o tal vez un tercero que logra algo positivo y práctico en tal situación. Pero si actúo por simple solidaridad creando confusión, u obstaculizando a los que pueden hacer algo conducente, no ayudo sino que perjudico.
Lo anterior es comprensible, ¿pero qué quiere decir “…Donde no puedo hacer nada, sigo mi camino alegremente”? No quiere decir que estoy muy contento por lo que sucedió. Quiere decir que mi dirección no debe ser entorpecida por lo inevitable: quiere decir que no debo sumar problemas a los problemas; quiere decir que debo positivizar el futuro, ya que lo opuesto no es bueno para otros ni para mí.
Hay personas que con una mal entendida solidaridad, negativizan a quienes quieren ayudar y se perjudican ellas mismas. Esas son restas a la solidaridad porque la energía perdida en ese comportamiento debería haberse aplicado en otra dirección, en otras personas, en otras gentes, en otras situaciones en las que efectivamente, hubiera obtenido resultados prácticos. Cuando hablamos de resultados prácticos, no nos referimos solamente a lo brutalmente material, porque hasta una sonrisa o una palabra de aliento pueden ser útiles si existe alguna posibilidad de que ayuden.