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Audio 1 – Primera grabación en español

 

Audio 2

 

Aclaración sobre la experiencia a llevarse a cabo

Esta experiencia tiene el objetivo de inducir imágenes desacostumbradas, acercando a nuevos fenómenos de percepción. Tal singular manera de ver las cosas, posee utilidad si presenta la posibilidad de un nuevo mundo y un nuevo sentido aún frente a objetos cotidianos. Las ex­periencias llamadas “místicas” y las sicodélicas, que tanto atractivo ejercen sobre las nuevas generaciones, tienen la fuerza de la percepción no habitual de la reali­dad. No obstante, esas posturas han quedado limitadas a la fe en unos casos, y a la acción destructiva del artificio químico, en otros.

Experiencia guiada

Acostado en una cama, creo estar en la habitación de un hospital. Escucho apenas, el goteo de un grifo de agua mal cerrado. Intento mover los miembros y la cabe­za, pero no me responden. Con esfuerzo, puedo mante­ner los párpados abiertos. Me parece que alguien ha dicho a mi lado que afortunadamente salí de todo pe­ligro… que ahora todo es cuestión de descanso. Inexpli­cablemente, esas palabras confusas me traen un gran alivio. Siento todo el cuerpo adormecido y pesado, cada vez más flojo.

El techo es blanco y liso, pero cada gota de agua que escucho caer, destella en su superficie como un trazo de luz. Una gota, una raya. Luego otra. Después, muchas líneas. Más adelante, ondulaciones. Me doy cuenta que ahora el techo se va modificando, siguiendo el ritmo de mi corazón. Puede ser un efecto de las arterias de mis ojos, al pasar los golpes de sangre. El ritmo, va dibujan­do el rostro de una persona joven.

-¡Eh, tú! – me dice- ¿por qué no vienes?

-Claro -pienso- ¿por qué no?

…Allí adelante se desarrolla el festival de música, y el sonido de los instrumentos inunda de luz un enorme es­pacio tapizado de hierba verde y flores.

Estoy recostado en la pradera, mirando hacia el gran escenario. A mi alrededor hay una enorme cantidad de gente, pero me agrada el hecho de ver que no está apiñada porque hay mucho espacio. A la distancia, al­canzo a ver varios familiares y antiguos amigos de la niñez. Siento que están realmente a gusto.

Fijo la atención en una flor, conectada a su rama por un delgado tallo de piel transparente, en cuyo interior se va profundizando el verde reluciente. Estiro la mano, pasan­do suavemente un dedo por el tallo terso y fresco, ape­nas interrumpido por pequeñísimos abultamientos. Así, subiendo por entre hojas de esmeralda, llego a los péta­los que se abren en una explosión multicolor. Pétalos co­mo cristales de catedral solemne, pétalos como rubíes y como fuego de leños amanecidos en hoguera… Y en esa danza de matices, siento que la flor vive como si fuera parte mía. (*)

Y la flor agitada por mi contacto, suelta una gota de rocío amodorrado, apenas prendida en un pétalo final. La gota vibra en óvalo, luego se alarga y ya en el vacío se aplana para redondearse nuevamente, cayendo en un tiempo sin fin, cayendo, cayendo en el espacio sin límite. Por último, dando en el sombrero de un hongo, rueda por él como pesado mercurio, para deslizarse hasta sus bor­des. Allí, en un espasmo de libertad, se abalanza sobre un pequeño charco en el que levanta el tormentoso ole­aje que baña a una isla de piedra-mármol. (*)

Alzo la mirada para ver a una abeja dorada que se acer­ca a libar en la flor. Y en ese violento espiral de vida, contraigo mi mano irrespetuosa, alejándola de aquella perfección deslumbrante.

Mi mano… La miro atónito como si la viera por vez pri­mera. Dándola vuelta una y otra vez, flexionando y esti­rando los dedos, veo las encrucijadas de la palma y en sus líneas, comprendo que todos los caminos del mundo convergen allí. Siento que mi mano y sus profundas líneas, no me pertenecen y agradezco en mi interior la desposesión de mi cuerpo, como anuncio de eternidad.

Adelante se desarrolla el festival y yo sé que la música me comunica con esa muchacha que mira sus vestidos y con el hombre joven que acariciando un gato azul, se respalda en el árbol.

Sé que antes he vivido esto mismo y que he captado la silueta rugosa del árbol y las diferencias de volumen de los cuerpos. Otra vez ya, he advertido esas nubes ocre de forma blanda, pero como de cartón recortado en el ce­leste límpido del cielo.

Y también he vivido esa sensación sin tiempo en que mis ojos parecen no existir, porque ven todo con transparencia como si no fueran ojos del mirar diario, aquellos que enturbian la realidad. Siento que todo vive y que todo está bien; que la música y las cosas, no tienen nombre y que nada verdaderamente puede desig­narlas.

En las mariposas de terciopelo que vuelan a mi alrede­dor, reconozco la calidez de los labios y la fragilidad de los sueños felices.

El gato azul, se desplaza cerca mío. Caigo en cuenta de algo obvio: sé que lo hace por sí solo; sin cables, sin control remoto. Lo hace por sí solo y eso me deja estupe­facto. En sus perfectos movimientos y tras los hermosos ojos amarillos, sé que hay una vida y todo lo demás es un disfraz: como la corteza del árbol, como las mariposas, como la flor, como la gota mercurial, como las nubes re­cortadas, como la mano de los caminos convergentes. Por un momento, me parece comunicar con algo univer­sal. (*)

…Pero una suave voz me interrumpe antes de llegar a esa dimensión.

¿Usted cree que así son las cosas? -me susurra el desconocido-. Le diré que no son de ese modo, ni del otro. Usted, pronto volverá a su mundo gris, sin profundi­dad, sin alegría, sin volumen. Y creerá que ha perdido la libertad. En realidad, este mundo es un anticipo torpe de lo que podría manejar de modo permanente… Por ahora no me entiende, ya que no tiene capacidad de pensar a su antojo, porque su aparente estado de libertad, es sólo producto de la Química. Eso le sucede a miles de perso­nas, a las que aconsejo cada vez. Buenos días- Y el amable señor desaparece.

Todo el paisaje empieza a girar en un espiral gris claro, hasta que aparece el techo ondulante. Oigo la gota de agua del grifo. Sé que estoy acostado en una habitación.

Siento diluirse el embotamiento de los sentidos. Pruebo de mover la cabeza y responde. Luego, los miembros. Me estiro y comprendo que estoy en per­fectas condiciones. Me incorporo dando unos pasos, sintiéndome reconfortado y saludable, como si hubiera descansado por años.

Camino hasta la puerta de la habitación. La abro. En­cuentro un corredor. Empiezo a caminar velozmente, en dirección a la salida del edificio. Llego hasta ella. Veo una gran puerta abierta, por la que pasa mucha gente en ambas direcciones. Bajo unos escalones y llego a la calle.

Es temprano. Miro la hora en un reloj de pared y comprendo que debo apurarme para cumplir con mis ac­tividades diarias. Emprendo la marcha resueltamente. Un gato asustado cruza por entre peatones y vehículos. Lo miro correr y sin saber por qué, me digo a mi mismo: “Hay otra realidad que mis ojos no ven todos los días”.

Tengo la sensación de que me ha sucedido algo de im­portancia, algo referido a que hay otro tipo de vida, otra forma de ser y sentir. Pienso que debo haber soñado con eso. Sin embargo, me siento feliz, como si asomara con el día, una nueva esperanza. (*)

Intercambio sobre la experiencia

Los concurrentes discuten sus experiencias.

Recomendación

En los días siguientes a la experiencia, intentar una vi­sión nueva y entusiasta sobre las cosas y personas, para nosotros cotidianas. Aquí queda la recomendación: no se pretende incorporar una nueva forma de percibir.

Con una sola experiencia de este tipo es suficiente. Su ejercicio continuo, en cambio, no es útil para la vida coti­diana, ya que predispone a una contemplación inactiva que lleva al encerramiento mental. Ojalá esta experien­cia ayude a comprender que tras la chatura de lo habi­tual, hay una dimensión de la mente cargada de esperan­za.

NOTAS

(31) – En “Cielo e infierno”, Huxley anota: “Para la mayoría de nosotros, el mundo de la experiencia cotidiana es casi siempre insípido y monótono. Sin embargo, para unos cuantos con frecuencia y para bastantes de cuando en cuando, algo de la brillantez de la experiencia visionaria se derrama, como si dijéramos sobre la visión corriente, transfigurando el universo cotidiano”.
En esta experiencia, un sicólogo comentó: “Vi que, efectivamente, podía inducirse un estado de “percepción abierta” sin apelar a drogas y otros procedimientos más o menos disociadores (pienso en las prácticas de sobrevigilia; ayuno, regímenes alimenticios de bajas calorías, encerramiento en inmovilidad y a oscuras, trance experimental y religioso, etc.). Este hecho, representa de por sí un gran avance por su inocuidad y por las posibilidades que brinda al investigador de los estados especiales de conciencia. Pero además y desde el punto de vista de la práctica profesional, ¿no se podría contar con las experiencias guiadas como eficaces herramientas de terapia? Me explican que no están concebidas con esa intención, sin embargo pienso que no debería desdeñarse tal posibilidad. Por último, viéndolas desde el ángulo de la Sicología Social, tal vez pudieran orientar a un número impresionante de personas que apelan a la droga y al alcohol como panacea sicológica. Estas son inquietudes que presento ante ustedes. En lo que a mí respecta, esta materia me abre un campo de estudio que no hubiera considerado hace solamente pocas horas atrás. Tal vez se deba a que he quedado fuertemente impactado por esta experiencia”.