La Comunidad como ayuda
Una persona puede comprender la doctrina de la Comunidad y además estar totalmente de acuerdo con ella. Sin embargo, no por eso experimentará en su vida un cambio positivo. Se entiende que si no hace algo, todo quedará en una buena intención.
Esa persona querría estudiar en sí misma los temas que propone la Comunidad y además desearía por sí sola realizar experiencias a fin de modificar su conducta y los hábitos mentales que la llevan al sufrimiento. Sin embargo, tal vez sucediera que se encontrara al poco tiempo, con que ha olvidado todo lo que se propuso, o bien con que es muy difícil mantener una actividad sostenida en la dirección de su progreso.
La imposibilidad de hacer algo en ese sentido, solo y por cuenta propia, es consecuencia del peso de los hábitos adquiridos a lo largo de la vida, que obligan al individuo a hacer cosas opuestas a las que aquí se proponen.
La conclusión que se saca de todo esto, es desafortunada y puede expresarse así: no se puede sostener un cambio profundo, opuesto a los hábitos anteriores si no se recibe ayuda de otros que actúan en la misma dirección. A esto se lo podrá discutir cuanto se quiera, pero la experiencia enseña que si los hábitos son fuertes y, además, se vive en un medio en el que ocurre la misma situación, el individuo no puede modificarse y por tanto, no puede superar solo el sufrimiento.
Lo anterior explica la necesidad del trabajo organizado y conjunto y justifica la creación de la Comunidad como el instrumento de mejor ayuda que se puede brindar en estas materias.
Las reuniones comunitarias se efectúan regularmente con el objeto de profundizar en el conocimiento y cambio positivos, ayudando a sostener el impulso necesario para que en su vida diaria, cada persona pueda avanzar.
Los trabajos de la Comunidad no son una terapia
Hay quienes consideran a las experiencias y los trabajos que se realizan en la Comunidad, bajo una faz terapéutica. Ese punto de vista, aparte de incorrecto, esteriliza toda posibilidad de participación y de actividad conjunta por parte de esas personas. Ello es así porque se colocan en una situación pasiva, casi de invalidez, suponiendo que asisten a una suerte de “tratamiento” para sus dolencias.
Si reflexionan cabalmente, comprenderán que su equilibrio y desarrollo no es cosa que pueda lograr una terapia, sino que es cuestión más profunda referida nada menos que al sentido de la vida, a pautas claras y al compromiso con actividades que trascienden lo individual.
Nadie soluciona ni sus pequeños problemas por pensar continuamente y de modo encerrado en ellos. Es la actividad bien orientada, la que termina superando a los problemas. A su vez, ello no es tan fácil de efectuar en base a simples propuestas individuales. Debe haber un trabajo organizado que sirva de referencia a las actividades particulares y eso se acerca más a una guía de vida, que a una terapia.