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Audio 1 – Primera grabación en español

 

Audio 2

 

Aclaración sobre la experiencia a llevarse a cabo

El objetivo de esta experiencia es el logro de la recon­ciliación con el pasado, particularmente con alguna per­sona con la cual ha quedado una secuela de resentimien­to. La utilidad de tal reconciliación es obvia y ella benefi­ciará no solamente nuestro comportamiento externo, si­no que permitirá integrar y superar contenidos mentales oprimentes.

Experiencia guiada

Estoy en plena ciudad, en el momento de mayor activi­dad del día. Puedo ver el desplazamiento de los vehícu­los y la gente que se mueve apresurada. También yo me muevo con urgencia.

De pronto, todo queda paralizado. Unicamente yo ten­go movimiento. Entonces examino a las personas. Me quedo observando a una mujer y un hombre. Doy vueltas alrededor de ellos. Los estudio desde muy cerca.

Luego subo al techo de un automóvil y desde allí miro alrededor, comprobando además, que todo ha quedado en silencio.

Reflexiono un instante y compruebo que las personas, vehículos y todo tipo de objetos, están a mi total disposi­ción. Inmediatamente, me pongo a hacer todo lo que quiero. Lo hago frenéticamente, hasta quedar totalmente agotado.

Estoy descansando tranquilamente y se me ocurren nuevas actividades, de modo que vuelvo a hacer lo que se me antoja sin prejuicio alguno.

¡Pero a quién veo allí! Nada menos que a esa persona con la que tengo varias cuentas que ajustar. En efecto, hacia arriba y formas humanas también asentadas en lo alto. Al advertir mi extrañeza, el señor del turbante me pasa unos anteojos, al tiempo que dice: “¡Póngaselos!”. Así lo hago y se restablece la normalidad. Al frente veo una gran fuente que expele chorros de agua que luego caen. Hay mesas y diversos objetos combinados en co­lor y forma, de un modo exquisito.

Se me acerca tambaleando el Secretario. Dice que es­tá terriblemente mareado. Entonces, le explico que co­mo él ve la realidad al revés, debe sacarse las gafas. Así lo hace y se equilibra suspirando, al tiempo que dice: “En efecto, ahora todo está bien, sólo que soy corto de vista”. Luego agrega que me andaba buscando para explicar que yo no soy la persona a la que se debía juz­gar; que ha sido una lamentable confusión. Inmediata­mente, sale por una puerta lateral.

Caminando unos pasos, me encuentro con un grupo de personas sentadas en círculo. Son ancianos de ambos sexos, al parecer con características raciales y atuendos diferentes. Todos ellos, de hermosos rostros. Cada vez que uno abre la boca, brotan sonidos como de engrana­jes lejanos, de máquinas gigantes, de relojes inmensos. Pero también escucho la intermitencia de los truenos, el crujido de las rocas, el desprendimiento de los témpa­nos de hielo, el rítmico rugido de volcanes, el breve im­pacto de la lluvia gentil, el sordo agitar de corazones: el motor, el músculo, la vida… pero todo ello armonizado y perfecto, cómo en una orquestación magistral.

El señor del turbante, me da unos audífonos, diciendo: “Colóqueselos. Son traductores”. Me los coloco en los oídos y escucho claramente una voz humana. Compren­do que es la misma sinfonía de uno de los ancianos, tra­ducida para mi torpe oído. Ahora, al abrir él la boca es­cucho: “Nosotros somos las horas; somos los minutos, los segundos… somos las distintas formas del tiempo. Como hubo un error contigo, te daremos la oportunidad de recomenzar tu vida. ¿Dónde quieres empezarla de nuevo? Tal vez desde el nacimiento… tal vez un instante antes del primer fracaso. Reflexiona”. (*)

He tratado de encontrar el momento en que el control de mi vida se escapó de mis manos. Se lo explico al an­ciano. (*)

“Muy bien -dice él- ¿y cómo vas a hacer si vuelves a ese momento, para tomar un rumbo diferente? Piensa que no recordarás lo que viene después.”

“Queda otra alternativa -agrega- puedes volver al momento del mayor error de tu vida y, sin cambiar los acontecimientos, cambiar sin embargo su significado. De ese modo puedes hacerte una vida nueva”. En el instante en que hace silencio, veo que todo a mi alrede­dor se invierte en luces y colores, como si se transforma­ra en el negativo de una película: lo negro es blanco y a la inversa… hasta que todo vuelve a la normalidad, pero me encuentro en el momento del gran error de mi vida.

Allí estoy, impulsado a cometer el error. ¿Y por qué es­toy obligado a hacerlo? (*)

¿No hay otros factores que influyen y no los quiero ver? (*)

El error fundamental de mi vida ¿a qué cosas se de­be? (*)

¿Qué debería hacer en lugar de cometer el error? ¿Es que puedo hacer otra cosa diferente? (*)

¿Y si no cometo ese error, cambiará el esquema de mi vida y ésta será mejor o peor? (*)

Trato de comprender que las circunstancias que obran no pueden ser modificadas y acepto todo como si fuera un accidente de la naturaleza: como un terremoto o un río que rompiendo su dique de contención, arruina las vi­viendas y el trabajo de los pobladores. (*)

Me esfuerzo por aceptar que en los accidentes no hay culpables. Ni mi debilidad; ni mis excesos; ni los errores de los otros; ni las intenciones de los demás, pueden ser de otro modo. (*)

Sé que si ahora no me reconcilio con el gran error, mi vida a futuro seguirá arrastrando la frustración. Entonces, con todo mi ser, perdono y me perdono. Admito lo que pasó, como algo incontrolable por mí y los de­más. (*)

La escena comienza a modificarse, invirtiéndose los claro-oscuros como en un negativo de fotografía. Al mis­mo tiempo, escucho la voz que dice: “Si puedes reconci­liarte con tu mayor error, tu frustración morirá y habrás creo que es quien más me ha perjudicado en toda mi vi­da.

Como las cosas no pueden quedar así, toco de pronto a mi enemigo y advierto que recobra la actividad. Me mira con horror y entiende la situación, pero está paralizado e indefenso. Por consiguiente, comienzo a decirle todo lo que quiero, prometiéndole mi revancha de inmediato. Sé que siente todo, pero no puede responder, así es que comienzo por recordarle aquellas situaciones en las que me afectó tan negativamente. (*)

Mientras estoy atareado con mi enemigo, aparecen ca­minando varias personas. Entonces, empiezan a apre­miar al sujeto y éste responde entre llantos que está arrepentido de lo que ha hecho. Pide perdón y se arro­dilla, mientras los recién llegados continúan investigán­dolo. (*)

Luego proclaman que una persona así no puede seguir viviendo, así es que lo condenan a muerte.

Están por ejecutarlo, mientras él pide clemencia. En­tonces, lo perdono. Todos acatan mi decisión. Luego, los acusadores se van muy conformes. Quedamos solos nuevamente. Aprovecho la situación para completar mi desquite, ante su desesperación. De manera que termi­no de decirle y hacer con él, todo lo que me parece ade­cuado. (*)

El cielo se oscurece violentamente y comienza a llover con fuerza. Mientras busco refugio tras una vidriera, ob­servo que la ciudad recobra vida. Los peatones corren, los vehículos marchan con cuidado por entre cortinas de agua y ráfagas de viento huracanado. Fulgores eléctricos continuados y fuertes truenos enmarcan la escena, mientras sigo mirando a través de los cristales.

Me siento totalmente relajado, como vacío por dentro, mientras observo casi sin pensar.

En ese momento, aparece mi enemigo buscando pro­tección de la lluvia. Se acerca y me dice: “¡Qué suerte estar juntos en esta situación!”.

Me observa tímidamente. Lo reconforto con una suave palmada mientras me desliza una mirada de compren­sión. (*)

Comienzo a revisar en mi interior, los problemas del otro.

Veo sus dificultades, los fracasos de su vida, sus enor­mes frustraciones, su debilidad. (*)

Siento la soledad de ese ser humano que se cobija a mi lado totalmente mojado y tembloroso. Lo veo sucio y desarreglado, en un abandono patético. (*)

Entonces, en un rapto de solidaridad, le digo que voy a ayudarlo. El no dice palabra alguna. Se encoge de hombros, mirando el piso. Advierto que sus ojos se nublan. (*)

Ha cesado la lluvia. Salgo a la calle y aspiro profunda­mente el aire limpio. Inmediatamente, me alejo del lugar.

Intercambio sobre la experiencia

Los concurrentes discuten sus experiencias.

Recomendación

Advertir las resistencias y las contradicciones que se crean entre lo que desearía hacer y decir, y lo que termi­no realizando en las escenas. Estudiar si la reconci­liación producida en la experiencia, modifica la conducta cotidiana respecto del problema. Si las resistencias a la reconciliación no han sido superadas, se sugiere repetir la experiencia.

NOTAS

(15) – Veamos algunos relatos, de personas de mediana edad: 1.- “La experiencia me sirvió mucho. Uno siempre piensa que si tuviera la oportunidad de hacer lo que quisiese haría mucho. Pero en este caso, enfrentado a la situación, comprobé que no sabía qué hacer. Estaba en un estado de confusión y sinceramente esperaba que alguien me dijera qué hacer”. 2.- “Creo que esta experiencia tiene mucho sentido, porque la veo relacionada con mi propia vida: mis amigos, son mis enemigos”. 3.- “Cuando mi enemigo se arrodilló, tuve una experiencia reconciliadora”. 4.- “Me di cuenta que el enemigo tenía mis propias características”. 5.- “Fue una experiencia natural, ya que las imágenes propuestas se deslizaban sin dificultad. Creo que cualquier persona puede reconocer que al confrontar a un enemigo “inmóvil”, dejan de sentirse las imágenes negativas anteriores y aparece un sentimiento reconciliador”.