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Audio – Primera grabación en español

 

Aclaración sobre la experiencia a llevarse a cabo

Esta experiencia tiene por finalidad poner al practican­te en evidencia la relación que existe entre los pensa­mientos (imágenes en este caso) y las tensiones viscera­les o internas del cuerpo. El presente trabajo permite lograr adecuadas distensiones profundas al par que pre­viene dramáticamente sobre las imágenes negativas que tan frecuentemente producen quebrantos sicosomáticos. Por otra parte, se pretende hacer comprender la re­versibilidad del fenómeno, en cuanto que las tensiones o irritaciones corporales profundas, motivan imágenes y estados de ánimo.

Experiencia guiada

Hay gente alrededor mío. Todos estamos vestidos de mineros. Esperamos que suba el montacargas. Es muy temprano. Una llovizna suave cae del cielo plomizo. Divi­so a lo lejos, la silueta negra de la fábrica que resplande­ce en sus altos hornos. Las chimeneas vomitan fuego. El humo se eleva en densas columnas.

Distingo, entre el ritmo lento y distante de las má­quinas, una aguda sirena que marca el cambio de turno del personal.

Veo subir lentamente el montacargas que, con una fuerte vibración, termina por detenerse a mis pies.

Avanzamos hasta emplazarnos sobre la plancha metá­lica. Se cierra una reja corrediza y comenzamos a des­cender lentamente, entre un murmullo de comentarios de los compañeros de trabajo.

La luz del montacargas, me permite ver la pared rocosa que pasa muy cerca.

A medida que descendemos, aumenta la temperatura y el aire se torna viciado.

Nos detenemos frente a una galería. Sale la mayoría de los ocupantes del montacargas. Se cierra nuevamente la reja corrediza. Hemos quedado cuatro o cinco mineros. Continuamos la marcha, hasta parar en otra galería. Des­cienden los restantes ocupantes. Quedo solo y reco­mienza la bajada.

Finalmente, se detiene la planchada con estrépito. Em­pujo la reja y avanzo introduciéndome en una boca débil­mente iluminada. Siento que el montacargas regresa a la superficie. Adelante, veo unos rieles y sobre ellos un pe­queño vehículo a motor. Me ubico en él y comienzo a desplazarme por el túnel.

Detengo el carro al término de las vías. Bajo y comien­zo a descargar herramientas, al tiempo que prendo la lin­terna de mi casco. Escucho ecos lejanos como de trépa­nos y martillos hidráulicos, pero también una débil voz humana que llama ahogadamente.

Dejo las herramientas y me cruzo unas cuerdas en el hombro. Tomo una piqueta y avanzo resueltamente por el túnel que se va estrechando. La luz eléctrica ya ha quedado atrás. Sólo me guío por el reflector del casco. Periódicamente me detengo para escuchar el lamento…

Llego encogido al fondo del túnel. Adelante, un soca­vón. En él termina el camino subterráneo. Examino las rocas y comprendo que el techo se ha desmoronado, obstruyendo el paso. Por entre las grietas fluye agua. El piso está convertido en un lodazal, en el que se hunden mis botas.

Remuevo las rocas, ayudándome con la piqueta. En un momento queda al descubierto un agujero horizontal. Calculo que puedo deslizarme por él. Los quejidos son ahora nítidos: seguramente, el minero atrapado está a pocos metros de distancia. Introduzco el mango de la pi­queta entre fuertes rocas y ato a él una punta de la cuer­da, pasando el otro extremo alrededor de mi cintura. Ajusto todo, con una hebilla metálica.

Me sumerjo en el agujero con dificultad, arrastrándo­me luego apoyado en los codos. Estoy descendiendo en un ángulo pronunciado. Veo, gracias a la luz del casco, que el conducto se estrecha más hasta quedar práctica­mente cerrado a mi paso. El calor es sofocante, la respi­ración dificultosa. Desde mis pies, corre cieno espeso. Lentamente, va cubriendo mis piernas y se desliza pega­josamente bajo el pecho. Comprendo que el túnel va a llenarse de lodo en poco tiempo, sepultándome.
Hago presión hacia arriba, pero mi espalda pega contra la roca. Intento retroceder. Ya no es posible. Escucho la quejumbrosa voz muy cerca mío. Entonces gri­to, y el piso cede arrastrándome en su derrumbe…

Un fuerte tirón en abdomen y cintura, coincide con el detenimiento súbito de mi caída. Quedo suspendido de la cuerda como un absurdo péndulo de barro. Mi carrera se ha detenido muy cerca de un piso alfombrado. Veo ahora un ambiente con mucha luz. En la elegante habita­ción distingo una gran biblioteca. Pero la urgencia de la situación hace que me ocupe en salir de ella. Con la ma­no izquierda ajusto la soga tensa y con la otra suelto la hebilla que la estrecha a mi cintura. Luego, caigo suave­mente en el piso.

“¡Qué modales, amigo, qué modales!” -dice una agu­da voz. Giro sobre mis pies y me encuentro con un hombrecillo de unos sesenta centímetros de altura. Des­cartando sus orejas ligeramente puntiagudas, se diría que es muy proporcionado. Está vestido con alegres co­lores, pero con un inconfundible estilo de minero.

Me siento entre ridículo y desolado, cuando me ofrece un cóctel. De todas maneras, me reconforto bebiéndolo sin pestañear.

El hombrecillo, junta sus manos y las lleva delante de la boca a modo de bocina. Luego emite el quejido que tan bien reconozco. Al punto, crece en mí una enorme in­dignación. Le pregunto qué significa esa burla y me res­ponde que gracias a ella mi digestión habrá de mejorar en el futuro. Sigue diciendo que la cuerda que apretó mi abdomen en la caída ha hecho muy buena labor, igual­mente la recorrida sobre los codos del túnel estrecho. Para terminar sus extraños comentarios me pregunta si tiene algún significado para mí, la frase: “usted se en­cuentra en las entrañas de la tierra”.

Respondo que esa es una forma figurada de decir las cosas. Pero él replica que en este caso, se trata de una gran verdad. Entonces, agrega: “Usted está en sus pro­pias entrañas. Cuando algo anda mal en las vísceras, las personas piensan cosas extraviadas. También los malos pensamientos perjudican las vísceras, así es que desde ahora usted cuidará ese asunto. Si no lo hace, me pondré a caminar y entonces sentirá fuertes cosquilleos y todo tipo de molestias internas… Tengo algunos cole­gas que se ocupan de otras partes como los pulmones, el corazón, etcétera”.

Dicho lo cual, el hombrecillo comienza a caminar por las paredes y el techo, al tiempo que registro tensiones en la zona abdominal, el hígado y los riñones. (*)

Luego, me arroja un chorro de agua con una manguera de oro, limpiándome cuidadosamente el barro. Quedo seco al instante. Me tiendo en un amplio sofá y comienzo a relajarme. El hombrecillo me pasa una pequeña escoba rítmicamente por el abdomen y la cintura y con eso, logra en mí una profunda distensión. Comprendo que al aliviar­se los malestares del estómago, hígado o riñones, cam­bian mis ideas y sentimientos. (*)

Percibo una vibración, advirtiendo que me voy elevan­do. Estoy en el montacargas subiendo hacia la superficie de la tierra. A medida que asciendo, veo la boca de la su­perficie agrandándose poco a poco, al tiempo que voy experimentando una sensación cada vez más agradable de distensión. (*)

Intercambio sobre la experiencia

Los concurrentes discuten sus experiencias.

Recomendación

Considerar si se ha representado correctamente la es­cena de la pasada de la escoba. En caso de resistencias, repetir hasta vencerlas.

Comprobar si en la vida diaria, algunos puntos del cuerpo afectados por tensiones o irritaciones internas, han modificado su estado como consecuencia de la ex­periencia.

NOTAS

(25) – El hombrecillo de la mina es un gnomo, personaje de las profundidades muy difundido en leyendas y cuentos europeos. Desde el punto de vista de la interpretación alegórica que propone nuestra sicología, no es sino la traducción a imagen visual de impulsos cenestésicos viscerales.