Audio 1 – Primera grabación en español

 

Audio 2

 

Aclaración sobre la experiencia a llevarse a cabo

Los problemas en los desplazamientos (sobre los que trata la presente experiencia), generalmente están rela­cionados con dificultades de conducta en lo que hace a la conexión del individuo con su medio. Muchas perso­nas convencidas de sus impedimentos corporales como debilidad, falta de agilidad, lentitud, etc., reproducen en esta práctica iguales fallas. Aquellas otras, que muestran comportamientos excesivamente impetuosos, en este ejercicio suelen desarrollar imágenes descontroladas evidenciándose en ellas una gran impaciencia cuando tratan de imprimirles la velocidad correcta que el instruc­tor va sugiriendo.

Experiencia guiada

Estoy en una gran explanada cubierta de nieve. A mi alrededor hay muchas personas practicando deportes de invierno. Me doy cuenta de que hace frío no obstante el espléndido sol, por el vapor que sale de mi boca. Sin em­bargo, la ropa de montaña es excelente y sólo siento, a veces, ráfagas heladas que golpean mi rostro… pero me agrada mucho.

Varios amigos se acercan transportando un trineo. In­mediatamente me indican que suba y lo maneje. Expli­can que está tan bien diseñado que es imposible perder el control. Así es que sentándome en él ajusto correas y herrajes. Bajo mis antiparras y pongo en marcha una tur­bina que silba como un pequeño jet. Oprimo suavemente el acelerador con el pie derecho y el trineo empieza a moverse. Aflojo el pie y aprieto el izquierdo. El aparato se detiene dócilmente. Luego, maniobro con el volante a derecha e izquierda sin esfuerzo alguno. Entonces, dos o tres amigos parten adelante mío deslizándose en sus esquíes. “¡Vamos!”, gritan. Y se lanzan desde la expla­nada zigzagueando en el descenso, por la magnífica la­dera montañosa.

Aprieto el acelerador y comienzo a moverme con una suavidad perfecta. Ahora, empiezo el descenso tras los esquiadores. Veo el hermoso paisaje cubierto de nieve y coníferas. Más abajo, algunas casas de madera, y allá a lo lejos, un valle luminoso y fértil.

Acelero sin temor y paso a un esquiador, luego a otro y finalmente al tercero. Mis amigos saludan con gran alga­rabía. Enfilo hacia los pinos que aparecen en mi trayecto y los eludo con movimientos impecables. Entonces, me dispongo a dar más velocidad a la máquina. Aprieto a fondo el acelerador y siento la tremenda potencia del motor. Veo pasar a mis costados los pinos, como sombras imprecisas, mientras la nieve queda atrás flo­tando en finísima nube blanca. El viento helado me estira la piel del rostro y tengo que esforzarme para mantener los labios apretados.

Veo un refugio de madera que se agranda velozmente y a sus costados, sendos trampolines de nieve para prác­tica de salto gigante en esquíes. No vacilo. Apunto hacia el de la derecha. En un instante estoy sobre él y en ese momento corto el contacto del motor, para evitar un po­sible incendio en la caída. He salido catapultado hacia arriba en un vuelo estupendo. Solo escucho el bramido del viento, mientras empiezo a caer cientos y cientos de metros.

Me estoy aproximando a la nieve. Mi ángulo de caída va coincidiendo perfectamente con la inclinación de la la­dera y así, toco ese plano delicadamente. Enciendo el motor y sigo acelerando mientras me acerco al valle.

He comenzado a frenar poco a poco. Levanto mis anti­parras y enfilo lentamente hasta un complejo hotelero desde el que parten numerosos funiculares llevando de­portistas hacia los montes. Finalmente, entro en una cancha plana. Adelante y a la izquierda, observo la boca negra de un túnel como de ferrocarril. Apunto despacio

hacia él sobrepasando unas charcas de nieve derretida. Al llegar a la boca me cercioro: no hay vías de tren, ni huellas de automotores, sin embargo, pienso que podrían desplazarse por allí grandes camiones. Tal vez se trate del depósito de los rompenieve. Sea como fuere, entro en el túnel lentamente. Está débilmente iluminado. Prendo el farol delantero y su fuerte haz, me permite ver un camino recto por varios cientos de metros. Acelero. El sonido del jet retumba y los ecos se entremezclan. Empiezo a carretear. Veo adelante que el túnel se curva y en lugar de frenar acelero, de manera que llegando al lu­gar me deslizo por la pared sin inconveniente. Ahora, el camino desciende y más adelante se curva hacia arriba describiendo un espiral como si se tratara de un ser­pentín o un fantástico resorte.

Acelero, bajo, emprendo la subida y comprendo que en un momento estoy corriendo por el techo para bajar nuevamente y volver a una línea recta. Freno suavemente y me dispongo a descender en una caída parecida a la de una montaña rusa. La pendiente es muy pronunciada. Comienzo la bajada pero voy frenando simultáneamente. La caída se va amortiguando. Veo que me estoy despla­zando sobre un puente angosto que corta el vacío. A am­bos lados hay una profunda oscuridad. Freno aún más y tomo la recta horizontal del puente que tiene el exacto ancho del trineo. Pero me siento seguro. El material es firme. Al observar tan lejos como llega la luz del faro, mi camino aparece como un hilo tenso separado de todo techo; de todo fondo; de toda pared, por distancias abis­males. (*)

Detengo el vehículo, interesado por el efecto de la si­tuación. Empiezo a imaginar diversos peligros pero sin sobresalto: el puente cortándose y yo cayendo al vacío. Luego, una inmensa araña descendiendo por su grueso hilo de seda… bajando hasta mí como si fuera yo una pe­queña mosca. Por último, imagino un derrumbe colosal y largos tentáculos que suben desde las oscuras profundi­dades. (*)

Aunque el decorado es propicio, compruebo que ten­go suficiente fuerza interior como para vencer los temo­res. Así es que intento una vez más, imaginar algo pe­ligroso o abominable y me abandono a esos pensamien­tos. (*)

He superado el trance y me siento reconfortado por la prueba que me impuse, de manera que enciendo nueva­mente el motor y acelero. Paso el puente y llego nueva­mente a un túnel parecido al del comienzo. A marcha ve­loz, tomo una subida muy larga. Pienso que estoy llegan­do al nivel de la salida.

En efecto, adelante veo la luz del día que aumenta de diámetro. Ahora, en línea recta, salgo raudo a la cancha abierta del complejo hotelero.

Voy muy despacio, eludiendo gente hasta llegar al otro extremo de la cancha. Bajo las antiparras y comienzo a acelerar para llegar con suficiente velocidad a la ladera que terminará en la explanada inicial. Acelero, acelero, acelero…

Estoy subiendo el plano inclinado a la increíble veloci­dad que tuve en la bajada. Veo acercarse el refugio de madera y los dos trampolines a sus costados, sólo que ahora se presenta una pared recta y vertical que me se­para de ellos. Giro a la derecha y continúo el ascenso eludiendo la dificultad, hasta pasar por un costado, a la altura de las rampas de salto.

Los pinos pasan a mi lado como sombras imprecisas, mientras la nieve queda atrás flotando en finísima nube blanca…

Adelante veo a mis tres amigos parados, saludándome con sus bastones de esquí en alto. Giro en círculo cerra­do alrededor de ellos llenándolos de nieve y continúo el ascenso.

He llegado a la explanada. Doy una vuelta de reconoci­miento disminuyendo la velocidad, hasta quedar deteni­do. Corto el contacto. Levanto mis antiparras. Suelto los herrajes de las correas y salgo del trineo. Estiro las pier­nas y luego todo el cuerpo, apenas entumecido. A mis pies y descendiendo por la magnífica ladera veo las coníferas. Más abajo, las casas de madera y el valle fértil. Alcanzo a divisar como un punto irregular, el complejo hotelero. Siento el aire purísimo y el efecto del sol de montaña curtiendo la piel de mi rostro, como tengo la fuerte sensación de haber logrado un mayor control sobre mí mismo. (*)

Intercambio sobre la experiencia

Los concurrentes discuten sus experiencias.

Recomendación

Observar en el comportamiento diario, los problemas de desplazamiento registrados en la experiencia. Comprobar si aquellos se modifican al vencer resis­tencias por repetición de la experiencia.