(19)

Audio 1 – Primera grabación en español

Audio 2

 

Aclaración sobre la experiencia a llevarse a cabo

Esta experiencia apunta a lograr un estado de reconci­liación con aquella persona a la que estoy ligado negati­vamente. Si ese objetivo es logrado, la misma técnica habrá de servir para obtener reconciliaciones de menor importancia. Todo enemigo y todo resentimiento en mi interior, limita mi presente y obstruye el futuro. A la luz de esta idea, los trabajos de reconciliación con el pasa­do, asumen un papel de la mayor importancia para el de­sarrollo personal y la eficacia en la vida diaria.

Experiencia guiada

Es de noche. Estoy en una antigua ciudad surcada por canales de agua que pasan bajo los puentes de las calles. Acodado en una baranda, miro hacia abajo el len­to desplazamiento de una líquida y turbia masa. A pesar de la bruma, alcanzo a ver sobre otro puente, un grupo de personas. Apenas escucho los instrumentos musica­les, que acompañan voces tristemente desafinadas. Le­janas campanadas ruedan hasta mí, como suaves oleadas de lamento.

El grupo se ha ido; las campanas han callado. En un pa­saje diagonal, malsanas luces de colores fluorescentes, apenas iluminan. Entonces, emprendo mi camino in­ternándome en la niebla. Luego de deambular entre callejuelas y puentes desemboco en un espacio abierto. Es una plaza cuadrada, al parecer vacía. El piso embaldo­sado me lleva hasta un extremo que cubre el agua quieta.

La barca, semejante a una carroza, me espera adelan­te. Pero antes, debo avanzar por entre dos largas filas de mujeres. Vestidas con túnicas negras y sosteniendo an­torchas, dicen en coro a mi paso:

“¡Oh Muerte!, cuyo ilimitado imperio, alcanza dondequiera a los que viven.

De tí el plazo concedido a nuestra edad, depende.

Tu sueño perenne aniquila a las multitudes, ya que nadie elude tu poderoso impulso.

Tú, únicamente, tienes el juicio que absuelve, y no hay arte que pueda imponerse a tu arrebato, ni súplica que revoque tu designio”.

Subiendo a la carroza, recibo la ayuda del barquero que luego permanece en pie atrás mío. Me acomodo en un espacioso asiento. Advierto que nos elevamos hasta quedar ligeramente despegados del agua. Entonces, co­menzamos a desplazarnos suspendidos sobre un mar abierto e inmóvil, como espejo sin fin que refleja a la lu­na.

Hemos llegado a la isla. La luz nocturna permite ver un largo camino bordeado de cipreses. La carroza se posa en el agua, balanceándose un poco. Bajo de ella, mientras el barquero permanece impasible.

Avanzo rectamente entre los árboles que silban con el viento. Sé que mi paso es observado. Presiento que hay algo o alguien escondido más adelante. Me detengo. Tras un árbol, la sombra me llama con lentos ademanes. Voy hacia ella y casi al llegar, surge una voz grave como un hálito de muerte: ¡Ayúdame! -murmura-, sé que has venido a libertarme de esta prisión confusa. Sólo tú puedes hacerlo… ¡Ayúdame!

La sombra explica que es aquella persona con la que estoy profundamente resentido. Y, como adivinando mi pensamiento, agrega: “No importa que aquél con quien estás ligado por el resentimiento más profundo haya muerto o esté con vida, ya que el dominio del oscuro re­cuerdo no respeta fronteras”.

Y luego continúa: “…Tampoco hay diferencia en que el odio y el deseo de venganza, se anuden en tu corazón desde la niñez o desde el ayer reciente. Nuestro tiempo es inmóvil, por ello siempre acechamos para surgir de­formados como distintos temores cuando la oportunidad se hace propicia. Y esos temores, son nuestra revancha por el veneno que debemos probar cada vez”.

Mientras le pregunto qué debo hacer, un rayo de luna ilumina débilmente su cabeza cubierta por un manto. Luego, el espectro se deja ver con claridad y en él reco­nozco las facciones de quien abrió mi más grande heri­da. (*)

Le digo cosas que jamás hubiera comentado con na­die; le hablo con la mayor franqueza de que soy capaz. (*)

Me pide que considere nuevamente el problema y que le explique los detalles más importantes sin limitación, aunque mis expresiones sean injuriosas. Enfatiza en que no deje de mencionar ningún rencor que sienta, ya que de otro modo seguirá cautivo para siempre. Entonces, procedo de acuerdo a sus instrucciones. (*)

Inmediatamente, me muestra una fuerte cadena que lo une a un ciprés. Yo, sin dudar, la rompo con un tirón se­co. En consecuencia, el manto se desploma vacío y queda extendido en el suelo, al tiempo que una silueta se desvanece en el aire y la voz se aleja hacia las alturas repitiendo: “¡Ahora estás libre de tu resentimiento!”

Al comprender que pronto amanecerá, giro sobre mí para volver a la barca, pero antes recojo el manto que ha quedado tendido. Lo cruzo en mi hombro y apuro el paso de regreso. Mientras me acerco a la costa, varias sombras furtivas me preguntan si algún día volveré a li­berar otros resentimientos.

Ya cerca del mar, veo un grupo de mujeres vestidas con túnicas blancas sosteniendo sendas antorchas en al­to. Llegando a la carroza, doy el manto al barquero. Este a su vez, lo entrega a las mujeres. Una de ellas le pega fuego. El manto arde y se consume velozmente, sin dejar cenizas. En ese instante, siento un gran alivio, como si hubiera perdonado con sinceridad un enorme agravio. (*)

Subo a la barca, que ahora tiene el aspecto de una mo­derna lancha deportiva. Mientras nos separamos de la costa sin encender aún el motor, escucho al coro de las mujeres que dice:

“Tú tienes el poder de despertar al aletargado uniendo el corazón a la cabeza, librando a la mente del vacío, alejando las tinieblas de la interna mirada y el olvido.

Ve, bienaventurada potestad, Memoria verdadera, que enderezas la vida hacia el recto sentido”.

El motor arranca en el instante en que empieza a levan­tarse el sol en el horizonte marino. Miro al joven lanchero de rostro fuerte y despejado, que acelera sonriente ha­cia el mar.

Ahora que nos acercamos a gran velocidad a la ciudad de los canales, vamos rebotando en el suave oleaje. Los primeros rayos del sol, doran las soberbias cúpulas de la ciudad, mientras a su alrededor flamean palomas en alegres bandadas. (*)

Intercambio sobre la experiencia

Los concurrentes discuten sus experiencias.

Recomendación

Comprobar si se han vencido resistencias de acuerdo a las imágenes propuestas. Tener en cuenta particular­mente, las sensaciones que acompañaron a la quema del manto. Ellas son las que mejor indicaron si se produjo al­guna transformación de los sentimientos negativos. En caso de no haber vencido resistencias, trabajar la expe­riencia nuevamente.

NOTAS

(19) – El argumento está tratado dentro de un contexto clásico, aun cuando las escenas de la ciudad recuerden a Venecia o tal vez, Amsterdam. El recitado de las primeras mujeres es una modificación del himno órfico a Tánatos, que dice así: “Escúchame, ¡oh, Tánatos, cuyo ilimitado imperio alcanza dondequiera a todos los seres mortales! De ti el plazo a nuestra edad concedido, depende, que tu ausencia prolonga y tu presencia ultima. Tu sueño perenne aniquila a las multitudes vivas y de ellas el alma gravita por atracción, hacia el cuerpo que todos poseen, cualquiera sea su edad y su sexo, ya que ninguno escapa a tu poderosos impulso destructivo”. El recitado del segundo coro, se basa en el himno a Mnemosina, que dice así: “Tú tienes el poder de despertar al aletargado uniendo el corazón a la cabeza, librando a la mente del vacío, vigorizándola y estimulándola, alejando las tinieblas de la mirada interna y el olvido. Ven, bienaventurada potestad. Despierta la memoria de tus iniciados en los sagrados ritos, y rompe las ataduras del Leteo”.