Acerca de la Oración de Jesús
“La Prier du Coeur”, Abbaye de Bellefontain, Begrolles (Maine-et-Loire), 1977
Oración del corazón. La misma fue introducida en Rusia hacia mediados del siglo XIV y San Sergio, el fundador del monaquismo ruso, la conocía y la praticaba, así como sus discípulos. Entre ellos, Nil de la Sora es uno de los más conocidos. Otro monje muy conocido, Paisij Velitchkovsky, la difundió y popularizó en el sigle XVIII.
Pero, a través de las Iglesias de Oriente, esta práctica se remonta a la tradición de los Padres griegos de la Edad Media bizantina: Gregorio Palamas, Simeón el Nuevo Teólogo, Máximo el Confesor, Diádoco de Fótice; así como a los Padres del desierto de los primeros siglos: Macario y Evagrio. Algunos la vinculan con los mismos Apóstoles.
Esta tradición espiritual tuvo sus principales focos de vida en los monasterios del Sinaí a partir del siglo XV, y en el Monte Athos, especialmente en el XIV. Desde fines del siglo XVIII se expandió fuera de los monasterios gracias a una obra, la Philocalie publicada en 1782 por un monje griego, Nicodemo el Hagiorita y editada en ruso, poco después, por Paisij Velitchkovsky.
La forma primitiva de la Oración de Jesús, dice Meyendorf, parece ser el Kyre eleison cuya repetición constante en las liturgias orientales remonta también a los Padres del desierto.
La prolijidad en la oración a menudo llena el espíritu de imágenes y lo disipa, mientras que a menudo una sola palabra (monología) tiene por efecto recogerlo.
El Espíritu Santo es Soplo divino (Spiritus, spirare), espiración de amor en el seno del misterio trinitario.
La función respiratoria, esencial para la vida del organismo, está ligada a la circulación de la sangre, al ritmo del corazón, a las fibras más profundas de nuestro ser. La respiración profunda del Nombre de Jesús es vida para la criatura: “El que da a todos la vida, la respiración y todas las cosas… En él tenemos la vida, el movimiento y el ser” (Hechos, 17, 25-28). “En lugar de respirar al Espiritu Santo, dice Gregorio el Sinaita, estamos colmados por el soplo de los malos espíritus”.
Adecuando la oración al ritmo respiratorio, el espíritu se calma, encuentra el reposo (reposo = hesychia, en griego, de allí el nombre de “hesicasmo” dado a esta corriente espiritual de la oración).
El espíritu se libera de la agitación del mundo exterior, abandona la multiplicidad y la dispersión, se purifica de movimiento desordenado de los pensamientos, de las imágenes, de las representaciones, de las ideas. Se interioriza y se unifica al mismo tiempo que ora con el cuerpo y se encarna. En la profundidad del corazón, el espíritu y el cuerpo reencuentran su unidad original, el ser humano recobra su “simplicidad”.
La oración de Jesús, con su aspecto de técnica espiritual y su ritmo respiratorio, consiste en el descenso del espíritu – o de la inteligencia – en el corazón.
“Conviene descender desde el cerebro al corazón. Por el momento, dice Teófano el Recluso, no hay en vosotros más que reflexiones totalmente cerebrales sobre Dios, pero el mismo Dios permanece en el exterior”.
Cuando la Oración de Jesús se convierte en Oración del corazón, su primer efecto es la iluminación.
La teología oriental conoció una discusión muy viva en el siglo XIV, entre Gregorio Palamas y alguien denominado Barlaam. Este último, imbuido de una pretendida escolástica occidental, se dedicó directamente a cuestionar la práctica de la Oración del corazón y sus fundamentos teológicos, ridiculizando, en particular, sus métodos respiratorios y arriesgando con ello arrojar al descrédito toda la vida monástica.
“El corazón es el órgano central de los sentidos interiores, el sentido de los sentidos, puesto que es la raíz.
33. Archimandrita Spiridon, Mes missions en Siberie. Souvenirs d’un moine orthodoxe russe, edición, Cerf. Paris, 1950 (reeditado en 1964. colec. Foi Vivante), p.19