En el socavón en penumbra la extrañeza comenzó a disiparse porque reconoció la vívida dimensión de las grutas horadadas en los montes, los olores húmedos que despiertan recuerdos de emociones placenteras, las resistencias de la piedra, las rugosidades y distancias objetales. En los indicadores vio un lento caminar y la sucesión de distintas zonas de su cuerpo a medida que éstas se pusieron en marcha. Frente a él, apareció una silueta encapuchada pero pronto advirtió en el recuadro que tal imagen era la traducción de pequeños movimientos de los músculos de la lengua en la caverna de su boca. Al entornar sus ojos vio luces en derredor pero comprendió que se trataba de simples descargas nerviosas amplificadas estimulando a los músculos palpebrales. La ropa sensible detectaba bien los infinitesimales movimientos corporales que correspondían a las imágenes mentales. La situación, de todas maneras, era alucinante. El encapuchado ofreció un recipiente y él tomándolo en sus manos apuró el contenido que sintió pasar por su garganta con la misma realidad que tiene el agua fresca en la sequía del desierto. Entonces estuvo en condiciones de atravesar la caverna y salir al espacio exterior…

El Comité se organiza

Luego de la muerte de Ténetor I, sobrevino una importante crisis en el Comité. Todos los miembros estaban de acuerdo en que el comportamiento humano desmejoraba progresivamente en muchos aspectos. También reconocían que la explosión tecnológica brindaba cada día nuevas posibilidades.

Dos posturas chocaron en la interpretación de los hechos. Por una parte los “cientificistas” explicaban que la reiteración de conductas sociales modificaba las áreas de trabajo cerebral de los conjuntos humanos. Esto generaba un tipo de sensibilidad y de percepción de los fenómenos. Por consiguiente, tanto los directores de las Compañías como sus formadores de opinión, iban orientando el proceso social de acuerdo a códigos en los que ellos se habían formado. De esta forma los pedagogos perfeccionaban la educación y la enseñanza en un círculo vicioso que realimentaba sus particulares creencias. Los “cientificistas” sostenían que un cambio de dirección era imposible dentro de un proceso mecánico que llamaban el “Sistema”, y se mantenían dentro de una antigua tesis einsteniana que sostenía: “En el interior de un sistema ningún fenómeno puede evidenciar su movimiento”. Siempre exponían el ejemplo de aquel viejo maestro, según el cual un viajero que se desplazaba en una sección de un tren en movimiento a 120 kilómetros por hora, si saltaba en su lugar no por ello caía en otro vagón del tren. En un sistema inercial, se tratara del prehistórico tren o de un vehículo espacial, no importaba el salto dentro de ese sistema. En todo caso, había que apoderarse de la dirección del tren o de la nave para cambiar la dirección del móvil.

A esto respondían los “historicistas” diciendo que los que tomaran la dirección del aparato, lo desviarían de acuerdo a pautas en las que ellos se habían formado, y preguntaban: “¿Cuál es la diferencia entre los conductores anteriores y los nuevos si todos actúan desde los paisajes en que se formaron, desde sus áreas cerebrales más activas? La diferencia sería sólo de intereses particulares entre gente preocupada por manejar el móvil”. De acuerdo a eso, los “historicistas” apostaban a procesos más amplios inspirándose en distintos momentos históricos en que, por razones de supervivencia, los seres vivos habían modificado sus hábitos y se habían transformado. Pero también reconocían que muchas especies habían desaparecido por dificultades en su adaptación.

Era una discusión de nunca acabar. En esa situación se hizo cargo del Comité, Ténetor II, elegido por su equidistancia entre las posturas en choque.