El Proyecto

A fines del siglo XX algunos científicos encabezados por un oscuro funcionario de la UNESCO, habían llegado a la conclusión de que en pocas décadas el 85% de la población mundial sería analfabeto funcional. Calcularon que el analfabetismo primario sería erradicado en poco tiempo, al par que grandes masas humanas desplazarían progresivamente los libros, revistas y periódicos a favor de la T.V., los videos, las computadoras y las proyecciones holográficas. En sí, aquello no representaba un gran inconveniente ya que la información seguiría fluyendo en mayor cantidad que en cualquier época y a una velocidad creciente. Pero el aumento de datos desestructurados no sólo impactaría en los individuos aislados sino que habría de terminar influyendo en los esquemas de todo el sistema social. Desde el punto de vista de la especialización, las perspectivas eran interesantes ya que se condicionaba un trabajo analítico y paso a paso siguiendo el esquema computacional. Sin embargo, la ineptitud para establecer relaciones globales coherentes se haría sentir.

En esas épocas la desconfianza hacia las síntesis del pensamiento había avanzado tanto que cualquier conversación sobre generalidades, mantenida más allá de los tres minutos, era calificada peyorativamente de “ideológica”. En realidad, cualquier intento que se hiciera por alcanzar globalidades, terminaba penosamente. Unicamente podía sostenerse la atención sobre temas específicos y tanto en los institutos de enseñanza como en el trabajo diario se reforzaba ese hábito. Los historiadores estudiaban las aleaciones metálicas de las sortijas de Etruria para explicar el funcionamiento de aquella sociedad y los antropólogos, psicólogos y filósofos servían a las computadoras de análisis gramatical. Tal era la externalidad y el formalismo puntual del pensar y del sentir que cada ciudadano vivía urdiendo cómo ser individual y original en algún detalle de su vestimenta. Mientras la medicina y el esparcimiento avanzaran todo lo demás era secundario, tan secundario como el destino de aquellos pueblos y comunidades que degeneraban por no adaptarse al nuevo orden mundial, tan secundario como las vidas de las nuevas generaciones que se desangraban en una competencia vil tratando de lograr su espejuelo de corta duración. Por lo demás, hacía décadas que se había esterilizado la capacidad para formular teorías científicas generales y todo se reducía a la aplicación de tecnologías que, en apretado tropel, corrían en cualquier dirección.

Así, el funcionario de UNESCO presentó un informe y solicitó ayuda para estudiar esa patología social y sus tendencias a mediano plazo. Inmediatamente se le destinó un importante presupuesto para la investigación, tal vez porque aquellos que decidían entendieron que ese esfuerzo habría de servir al perfeccionamiento de técnicas de eficiencia. Gracias a ese malentendido se pudo trabajar durante años. Finalmente, quedó constituido el Comité como organismo paracultural habilitado para hacer difusión y dar recomendaciones a los países que, a través de las Naciones Unidas, sostenían a UNESCO.

Décadas después, desaparecida UNESCO, el Comité siguió funcionando sin saberse bien por quiénes era apoyado. De todas maneras, se caracterizó como una institución de bien público soportada mundialmente por particulares de buena voluntad. El Comité produjo informes anuales que nadie consideró seriamente, pero más allá de esas actividades enfiló sus investigaciones hacia el desarrollo de un modelo de comportamiento humano exento de las dificultades que se veía crecer a diario. Por entonces el Comité estaba de acuerdo en que un tipo de educación y de información desestructurada ya estaba bloqueando ciertas áreas cerebrales provocando los primeros síntomas de una epidemia síquica que sería incontrolable. El “Proyecto”, según lo llamaron sus gestores, debía considerar la posibilidad de producir un “antídoto” capaz de desbloquear la actividad mental. Pero en ese tiempo no se sabía aún si había que desarrollar procedimientos de entrenamiento fisiológico, si se trataba de sintetizar benéficas sustancias químicas, o si había que abocarse al diseño de aparatos electrónicos que permitieran alcanzar el objetivo.