Pero desde hace un tiempo las cosas han cambiado. En ciertas noches lúgubres, en ciertos ambientes penetrados por el reflejo de lunas mortecinas, he creído percibir el hálito que espiró en su oscura mansión mientras precipitaba hechos que coincidieran con lo que había escrito. Otras veces me ha parecido que no se trataba de un ser demoníaco sino de una criatura que, atrapada en los lazos del tiempo, quiso romper esa malla tenebrosa para salvar otras vidas. Hoy creo que conoció detalles de acontecimientos que habían de ocurrir y que no pudo modificar porque aún no habían nacido los desgraciados protagonistas. Y, por otra parte, quiso que alguien dejara en claro todo lo que relataré más adelante.

Dejo constancia de todos los hechos que cualquier investigador imparcial puede comprobar por su cuenta. He respondido a los apremios de Poe y, ahora mismo, corto con él un vínculo malsano. Cuando dos radio operadores se despiden luego de una conversación que enlaza puntos distantes y diferentes husos horarios, suelen concluir con la frase: “¡Cambio y fuera!”. Así pues, cambio y fuera, querido y triste Poe. Lo sé, lo siento claramente. Al escribir estas notas, he experimentado cómo mis obsesiones infantiles han sido exorcizadas. No creo que a futuro al visitar casas desiertas, al asomarme a la boca de un aljibe, al atravesar un bosque umbrío, escuche nuevamente aquel lamento obsesivo que me llame por mi nombre… “Reynolds, Reynolds”. Ahora sé de quien era esa voz agonizante que me ha perseguido desde niño. En fin, trataré de estar cerca de Margaret cuando ella lea toda esta trama incomprensible, de otro modo podría llegar a repensar su vida como el pretexto de una voluntad lejana; como una simple antena construida para facilitar comunicaciones entre tiempos y espacios diferentes.

Todo empezó en una reunión social.

–¿No has leído a Poe? –me preguntó Margaret al pasar.

–Si, cuando era niño.

–Pues deberías leerlo con cuidado y verías que habla de ti.

–¿Cómo de mí?

–Sí, de Reynolds, ¿o no te llamas así?

–Vaya, es como si hablara de Smith… ¿y qué hay con eso?

–No sé, pero por ahí anda ese nombre.

A los pocos días consulté un índice de nombres en las obras completas del escritor y en ninguna parte apareció “Reynolds”. Comprendí que Margaret se había confundido, pero ya tenía entre mis manos varias biografías que, aunque repitiendo tópicos de su angustiosa vida, diferían considerablemente en las circunstancias de su muerte. Este hecho me llamó poderosamente la atención. Al final, me quedé con cuatro casos divergentes.