Así fue toda la secuencia:

En el binocular…

comencé a ver gente que, en coloridos grupos, rodeaba altas estalagmitas de sal. Eran africanos de distintas nacionalidades comerciando entre sí. Lentamente desa­nudaron sus bultos en los que…

encontré un desierto de greda reseca y partida. Todo era opaco, casi negro. En suave movimiento los costrones se fueron soldando en una masa. Pronto ella

Predominaron los colores claros.

La situación humana era excepcional. Nadie estaba apurado frente a su montículo en aguja. Distintos grupos entonaban un himno y en la cadencia se balanceaban con perfecto ritmo. Las estalagmitas de sal se elevaban como hormigueros de termitas.

El suelo se congeló y allí me vi caminando descalzo en un piso de hielo interminable.

Desde los pies hacia arriba del cuerpo subía un cosquilleo punzante.

Todo brillaba a la luz del condensador del microscopio

y me preguntaba cómo se habrían producido esas formaciones ya que para ello se hubiera necesitado el agua cayendo densamente,

mientras mi rostro era azotado por ráfagas de viento. Abajo, el hielo se quebraba, dejando abiertos abismales precipicios,

pero arriba estaban las lentes

en un cielo limpio que no podría facilitar las lluvias. En todo caso, algún líquido habría arrastrado la sal formando estalagmitas.

Así se erguían los túmulos ansiosos pero libres, fuertes, sin enojos, buscando a los cielos despejados

de modo que me encontraba apresado en toda dirección. Casi vencido y deslumbrado oí el rugido furibundo.

Entre los vientos espantosos el reflejo iba a sus antojos dando en bloques separados

que aumentando los haces luminosos

herían, cristalinos, a mis ojos

ya entonces demasiado fatigados.