México
octubre de 1980.
CHARLA DEL COORDINADOR DURANTE LA CONJUNCIÓN CENTROAMERICANA

Normalmente cuando se dirige un mensaje, se lo dirige a alguien. Es decir, uno dirige un mensaje, el mensaje tiene una estructura y a la vez es receptado por alguien.

Según el tipo de convocatoria que se haga, según a quién se dirija el mensaje, así también acudirán gentes al punto de emisión.

De modo que, si como comienzo de nuestras actividades el mensaje estaba lanzado más bien a personas que tenían problemas sicológicos, acudían a nosotros personas con problemas sicológicos.

Cuando nos fortalecimos suficientemente y muchas gentes compusieron sus problemas, ya explicamos que nos dirigíamos a un sector más amplio. No al sector que padece problemas sicológicos, sino al que quiere más bien orientar su vida. Arreglar sus cosas, que es cosa bien diferente.

Empezamos a decir que nuestro trabajo no era de tipo terapéutico. Lógicamente, dejaron de acercarse aquellos que en un primer momento habían sido convocados, como es lógico. Por consiguiente, empezaron a acercarse gentes más bien con alguna falta de orientación de tipo existencial.

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En realidad hoy el mundo padece de una gran falta de orientación. Eso no es ninguna anormalidad, eso es «normal». Pero lo que estoy tratando de destacar, es que el destinatario del mensaje fue diferente. Entonces al ser diferente se acercó gente diferente.

Tal vez no sea pertinente preocuparse mucho y hacer grandes estudios por dónde están esos voluntarios, qué características tienen. Todo aquello nos complica un poquito.

Tal vez si nos ocupamos de estudiar la naturaleza del mensaje y a quien está dirigido, bueno, los que tienen esas características se van a acercar solos, sin preocuparnos nosotros por dónde están ellos. Es una cosa más suelta, que el que está en esas condiciones la escuche.

Bien, pero ¿en qué situación estamos en el mundo en que vivimos? Parece normal y aceptado socialmente que uno debe sólo recibir, recibir, recibir.

Es propio de la sociedad consumista. Es un gran valor recibir cosas. A todo el mundo se le ocurre que lo único que tiene que hacer es recibir.

De tal manera se han planteado las cosas, que únicamente yo aplico mi fuerza de trabajo para cambiar mi tiempo invertido en fuerza de trabajo, por un estándar o por remuneración.

Ustedes dirán «qué bien funciona un banco, qué organizado es». Efectivamente, funciona bien.

Las gentes no tienen más remedio que dar su fuerza de trabajo para recibir en compensación su salario y todo aquello.

Eso sucede en el «sistema» y no vayamos a creer que la gente se siente a gusto dando esa fuerza de trabajo para recibir salario. Más bien, están forzados por las circunstancias en que viven.

Pero, ¿dónde está la aplicación de sus propios contenidos al mundo? ¿Dónde está la aplicación de su creatividad? ¿Dónde está la aplicación de aquello que brota de sí y se aplica a las cosas para transformarlas?

Parece ser que en el mundo en que vivimos esas posibilidades son escasas. La gente da su fuerza de trabajo, enajena horas de su tiempo, etc., etc., y recibe por aquello.

Tan montado está este sistema y esta forma de pensar las cosas, que uno no concibe como posible que uno pueda sacar fuera de sí cosas, producir cosas, sin una especial remuneración.

Parece ser sin embargo, que el ser humano estuviera estructurado, estuviera armado, tanto para recibir como para dar. Y parece ser, que si cerramos la válvula del dar, se generan problemas.

La gente, por ejemplo, esos problemas los empieza a traducir como dificultades de comunicación, dificultades en el lenguaje, falta de relación con los seres queridos y más próximos, discordancia en los puntos de vista.

Y la gente propone el diálogo y todo aquello, pero sucede que no es por el diálogo que se solucionan esos problemas, sino por la actividad común.

Lo que estamos tratando de decir es que, así como se recibe, es importante dar.

En esta sociedad en que vivimos, se supone que en la medida en que se recibe, más interesante es la vida de uno, no en la medida en que se da.

Siguiendo ese esquema «admirable» podemos ir a lugares donde la gente recibe mucho, tiene un alto standard de vida. ¡Amigo!, de acuerdo a ese esquema, debían ser muy felices. Nos vamos por ejemplo a Suecia, que es un país con un alto standard y la gente tiene solucionados sus problemas inmediatos, la gente recibe un sueldo adecuado, tiene libertad para hacer cosas de todo tipo. Y recibiendo, recibiendo, nota sin embargo que está incomunicada, nota que no puede hacer nada por sí para plasmar en el mundo.

Y empieza a generarse en ella una falta de sentido, una pérdida de sentido. Recibe, pero claro los años pasan, las relaciones no son posibles y este buen hombre, que se encuentra en esa situación, que está «tocado» por la ideología del recibir, que tiene un excelente standard, que es un ejemplo de consumismo…, se nos tira por la ventana.

Es que ésto que parece buen negocio termina no siéndolo. Porque si a fuerza de recibir tanto terminamos en el suicidio, parece que nos es buen negocio.

¿Qué sucede paralelamente a ésto? Sucede que aquellos que hacen cosas resultan cada día que pasa más extravagantes.

Pongamos un ejemplo que puede ilustrarnos sobre ésto: Un señor es bombero voluntario. A las cuatro de la mañana suena la alarma, él se levanta, se pone su casco, saca la corneta, corre y va a apagar el incendio.

Claro, él no recibe ningún sueldo, ninguna paga por eso. El llega tarde a su casa, es más, tiene que levantarse dentro de media hora para ir a su trabajo habitual. Eso le va a crear problemas incluso en su oficina, y por supuesto le va a crear problemas de relación en su hogar. Le van a decir: «Pero, ¿qué ganas tú con hacer esas cosas? Al hacer semejantes cosas incluso se desestabiliza nuestra situación».

Entonces este pobre hombre, que ha querido efectivamente solucionarle un problema a la gente que se queda sin hogar o a la gente que pierde su casa, o a un niño que pudiera él salvar. Este pobre hombre que está tan bien dispuesto, en su medida, porque él ha elegido esa forma, a lo mejor otros eligen otra, (no estamos discutiendo cuál sea mejor o peor). Entonces este buen hombre que tiene la mejor disposición del mundo, se va encerrando sobre sí mismo.

Incluso al pasar por la calle algunos otros lo miran y dicen: «Ah claro, es el bombero voluntario». No se ve qué utilidad pueda prestarle a él semejante cosa.

Trabajados por la ideología consumista. Entonces, claro, las buenas gentes se nos van encerrando, y no van viendo rédito en la acción hacia afuera, desprendida, fuera de sí.

Es una situación particular que nos toca vivir. Y que todos los que han querido hacer cosas con desprendimiento se han visto cercenados en esas posibilidades.

Hoy está como desprestigiado, de algún modo, el valor del dar. No hay un valor social al cual se aspire, el dar. Más bien se aspira a consumir. Más bien lo que se presenta en nuestras pantallas de TV y la propaganda generalizada del sistema es «fíjese que lindo objeto, usted podría tenerlo, basta con que enajene media hora más de su tiempo y entonces usted va a poder disponer de él». Entonces más bien lo que se propone son objetos que llegan a mí, pero de mí no sale nada, salvo mi capacidad de trabajo. Y allá vamos en ese circuito.

Y ¿qué pasa conmigo? ¿Qué significo yo, aparte de ser un tubo digestivo?, según propone la propaganda del consumismo.

Es una situación un poco triste, porque, equivocada tal vez, tal vez nadie tiene intención de producirla. Así se van enhebrando las situaciones en el mundo.

Y sucede que tal vez lo más cálido, lo más interesante, tal vez el mayor valor que puede tener el ser humano, es expresar fuera de sí con desinterés cosas que sirvan a otros. Eso justamente es lo que estamos cercenando.

Pero claro, estas cosas no son en vano. Porque tarde o temprano este cercenamiento antinatural, esta ruptura antinatural de la solidaridad humana, va generando rupturas internas, va acumulando neurosis, va creando problemas de relación y desentendimiento.

Y al final nos encontramos con un sociedad, sea del signo que sea, en donde la incomunicación es total y las gentes son islas.

Nos encontramos en una situación tal en la que uno no aguanta al que le rodea, y finalmente no se aguanta uno mismo mirándose al espejo, porque no puede dar de sí siquiera una imagen de comprensión.

Nos encontramos con un caos a nivel estructural mundial. Imposible ponerse de acuerdo. No va a ser posible ponerse de acuerdo. Porque se han cercenado las válvulas de comunicación y se está trabajando con otro tipo de valores.

Este punto de, a quién dirigimos nosotros nuestro mensaje, será de importancia si además definimos el sentido en el cual nos vamos a mover.

Pero nos orientaremos a aquellos que han sido acorralados en su espíritu de colaboración con el prójimo.

Nos dirigiremos a aquellos que se sienten perseguidos por un tipo de estructuración consumista. Nos dirigiremos a aquellos que se sienten incomprendidos. Nos dirigiremos a aquellos que saben que es un gran valor el dar, pero que no alcanzan a comprender qué es lo que les pasa a ellos mismos.

Daremos explicaciones coherentes y lo convertiremos en un verdadero valor individual y social.

De tal modo que se reivindique aquello que ha sido perseguido.

Pondremos como valor máximo del ser humano su aptitud de DAR. Y de ningún modo sólo el hecho de recibir. Y en ese caso serán bienaventurados aquellos que den sin pensar en el recibir, porque ahí está su paga. La paga de poder hacer por ellos al tiempo que ordenan su propia existencia.

A ellos nos dirigiremos y ese será el sentido que tendrá esta Misión que nosotros le hemos dado el nombre, esta Misión que nosotros hemos proyectado en el tiempo. Ese es el objetivo de nuestra Misión: ROMPER LA INCOMUNICACIÓN DEL HOMBRE CON LA ACTIVIDAD HACIA EL PRÓJIMO.

Esto que todo el mundo dice de amar al prójimo, se ha convertido en frase y no tiene efectividad y se han cercenado las puertas de comunicación con los demás.

Ese es el punto nuestro de a quién nos vamos a dirigir; a aquellos que de algún modo sienten ese potencial y están desorientados.

Cuando nosotros pongamos como un gran valor la aptitud de dar, numerosas personas, cientos de personas en todas las latitudes, miles de aquellos que notan que en ellos está esa fuerza pero de modo incomprendido, van a saber que estamos hablando de ellos.

Todo aquel que se siente en esa situación, cuando pongamos aquello como valor máximo de la actividad humana, van a decir; «Están hablando de mí. Eso es lo que yo siento. Eso es lo que me pasa, en mi trabajo, en mi familia, en mi pareja, en mis relaciones con mis amigos. Justamente están hablando de mí».

Nos vamos a dirigir a los que sienten eso, y ellos van a responder. Y habrá eco. Y se multiplicará el eco.

Ese es el punto que no nos hace preocupar por dónde, cómo, en qué lugares. Bastará con que sepamos colocar como máximo valor la capacidad de dar. Bastará con que en pocas frases y muy simples, expliquemos qué pasa con el dar y qué pasa con el egoísmo del no dar. Bastará que expliquemos muy bien la inconveniencia del no dar, la desintegración y la neurosis a la que lleva el cerrar esa válvula. Bastará que pongamos de relieve todo ésto para que muchos nos escuchen porque sabrán existencialmente y por registro que es a ellos a los que nos dirigimos.

Este es el punto que quería yo comentar como para no preocuparse de «en qué lugar, de qué modo, con qué características», sino sólo aquél que sabe que el dar es bueno, y que está dispuesto a dar, y que necesita enrolarse en una gran corriente que modifique los valores y que invierta esta situación oprimente y neurotizante que padece el ser humano.

No vamos a precisar tecnicismos. Vamos más bien a permitir que se engrosen con nosotros trabajando codo a codo en una empresa común de difusión, en donde los valores del dar estén como supremacía. Eso será lo importante y por eso podrán acudir a nosotros gente que tenga mucha o poca información, gente que tenga muchos o pocos recursos. Porque si nosotros tuviéramos que hacer tecnicismos, nos olvidaríamos de aquellos de buena voluntad que no entienden lenguajes complicados. Nos olvidaríamos de la gente con un gran sentimiento y que sin embargo no ve al mundo a través de las ideas.

Las gentes con buenos sentimientos, la gente con fuerza de comunicación, son las mayorías y sin embargo esta gente por las situaciones que vivimos, no tienen acceso a tecnicismos, no tienen acceso a grandes teorías o a grandes planteos.

A ellos nos dirigiremos. Esos que están arrinconados y que hoy se sienten los últimos de la estructura social. Esos con seguridad, van a ser los primeros en la reivindicación del valor del dar.

Ese es el punto que quería aclarar respecto de a quienes y cómo nos dirigiremos.