Encuentro en los andes con el “Maestro Silo”

1 enero, 1969

¿Quién es Silo? La pregunta ya tiene respuesta. Silo es un mendocino de 31 años, llamado Mario Luis Rodríguez Cobos, que a comienzo de este año abandonó la comodidad de su hogar para refugiarse en el paraje conocido como Punta de Vacas, en plena Cordillera de los Andes, a fin de meditar sin interferencias extrañas”. Antes de partir entregó su capital, las acciones que tenía en una empresa, a sus compañeros de trabajo. Hoy no es propietario de nada, salvo de las piedras con que ha construido su pequeña vivienda cerca del gigante Aconcagua. Predica la no violencia y en torno de su pensamiento se han nucleado ochenta mil jóvenes de toda América. Clama contra la injusticia, fomentada “por la violencia física, económica, racial y religiosa”. Su enseñanza no es algo terminado ni quieto. Al contrario, se está dando hoy. Es sencilla, popular, sin las complicaciones de las religiones misteriosas y las grandes filosofías.

Por Carlos Castro, enviado especial

Mendoza: De muestro enviado especial: Desde hace un año la mayoría de los argentinos se viene preguntando: ¿Qué significa Silo? ¿Quién es Silo? AsÍ se ocupó del tema en dos amplias notas. Hemos informado que es un hombre, un mortal a quien sus seguidores llaman “el maestro”, siendo para algunos “Cristo reencarnado” y para otros “el último Buda”. Silo profundo meditador, enseña desde hace tres años lo que él llama “la doctrina del despertar, de la no violencia y de la hermandad”. Para ello, fija su atención en cuatro puntos, fundamentalmente para el logro de la liberación humana: 1° No violencia física. 2° No violencia económica. 3° No violencia racial. 4° No violencia religiosa.

Empujado por el deseo de conocer, por el propósito de presentar a los lectores al hombre que, desde la Cordillera de los Andes, viene lanzando a los vientos un mensaje cargado de esperanzas, un mensaje que el aspira sea recogido por todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Sabía que estaba afincado en Punta de Vacas, Mendoza, muy cerca del gigantesco Aconcagua. Que me sería muy difícil de llegar hasta el lugar… Pero inicié gustoso la aventura, finalmente convencido de que lograría concretar la ansiada nota.

Llegar a Mendoza es fácil. Lo difícil es llegar a Puntas de Vacas, especialmente cuando los caminos están bloqueados por la nieve. Yo había realizado algunos contactos con personas allegadas a Silo, quienes gustosamente trataron de equiparme para inicial la marcha hacia el macizo andino. Lluvia torrencial, la temperatura estaba bajo cero…

En busca del camino

Un verdadero temporal se interponía entre el periodista y la persona que debía ser entrevistada. Sin embargo, la buena voluntad de los que reconocieron el esfuerzo realizado en busca de la noticia, de la objetividad con que anteriormente se había informado, realiza los trámites y eliminó sus vallas que impedían el intento.

Un conocedor de la montaña, curtido por los vientos y el frío, nos pidió doce horas para retornar con Silo. Quedamos esperando, masticando tiempo frente a una tibia estufa. “Si llega hasta él, el maestro no tendrá inconveniente en bajar para conversar con usted…”, nos había dicho antes de iniciar la marcha, en un veterano jeep, cubierto por un grueso capote y calzando pesadas botas.

Había partido al mediodía y, minutos antes de que finalizara el viernes 2 de mayo, se concretó el ansiado encuentro, Silo penetró en la pequeña habitación de una vieja casona ubicada en los suburbios de Mendoza. Estaba dispuesto a contestar todas las preguntas que le formuláramos.

Luego de la presentación se hizo un cierto silencio. El cronista debe reconocer que quedó sorprendido, perplejo. Esperaba encontrar un “gurú”, de espesa barba, vestido con exóticas ropas. Y el hombre que lo enfrentaba con mirada serena no tenía nada de extraordinario. Era un joven, vestido con un pulóver y un pantalón vaquero, calzado con gruesas botas de montaña. No era un raro. Sólo lo distinguía de los demás sus experiencias y sabiduría.
Así pudimos saber que “fue bautizado Silo por los que siguen sus enseñanzas”, que Silo significa “granero de trigo” o “lugar de reunión de las mieses”. Pero que su nombre real es Mario Luis Rodríguez Cobo, que nació en Mendoza el 6 de enero de 1938, en el seno de una familia de clase media integrada por Rafael Rodríguez y Maria Luisa Cobo. Tiene hermanos mayores. Nelly Raquel y Guillermo, de 40 y 39 años respectivamente.

Su vida antes de dedicarse de lleno a la meditación fue la de un muchacho común. A los 7 años ingresó a la escuela religiosa regenteada por los Hermanos Maristas, donde permaneció hasta los 19 años. De allí egresó bachiller.

Viajó a Córdoba a estudiar Derecho. Le interesaba por ese entonces “la cuestión de justicia”. Cuando fue llamado para cumplir con el servicio militar, los médicos comprobaron que padecía una seria deficiencia cardiaca y lo dieron inmediatamente de baja.

A los 22 años, “abandoné el estudio de las leyes, pues comprobé que mis inquietudes me señalaban otros caminos”. Viajó por América: Chile, Perú, Ecuador y Colombia. “En ese viaje que duró seis meses, conocí a mucha gente y comencé a profundizar las enseñanzas de las viejas escuelas…” A poco de retornar a su provincia, se inscribió en la Universidad local para estudiar Ciencias Políticas y Sociales, “Tres años permanecí junto a los tratados de Ciencias Políticas, pero nunca brillé como alumno”.

Cuando tenía 24 años viajó por Europa y estuvo durante diez días en la Escuela Tabagata, en Nápoles, Italia. “Allí aprendí a deshilar el ovillo de la vida, a saber por donde tirar…”

De octubre de 1955 a mayo de 1967 participó de una experiencia comunitaria junto a un grupo de jóvenes: ocho hombres (contando a él) y cuatro mujeres. “Compramos, con unos pesos como adelanto y el resto a pagar en cuotas, treinta y tres hectáreas de tierra boscosa en un paraje conocido como Arenal, a unos veinte kilómetros de San Pedro de Jujuy. Allí levantamos una casa y comenzamos el trabajo que nos habíamos propuesto. Sin embargo, tuvimos algunos problemas con las autoridades, la policía y la gendarmería, pues nos tomaron por guerrilleros y nos tuvieron trece días detenidos. No pudieron comprobar nada, pues nuestro movimiento nada tiene que ver con la política y menos con los movimientos que pertenecen a la violencia, y fuimos puestos en libertad. Estuvimos seis meses allí. Y tuvimos que abandonar todo, pues no pudimos pagar las cuotas que se habían fijado por contrato…”.

Siempre ganó su sustento trabajando. Empezó como empleado en una empresa alcoholera y llegó a ocupar el cargo de gerente, habilitado con un importante capital en acciones. El 21 de diciembre de 1968, antes de iniciar su retiro en Punta de Vacas, se desprendió de todo su capital, entregando todas sus acciones a sus compañeros de labor.

“Abriendo el Granero”

El 1° de enero de 1969 Mario Luis Rodríguez Cobo, al que sus seguidores llamaban Silo y lo consideraban un auténtico maestro, dejó la vida cómoda de cuidad, el hogar de sus padres, e inició su peregrinación a la montaña. Compró
provisiones y una casa prefabricada, “que nunca pudo llegar a su destino por las dificultades que encontramos en el camino…” El día 6 de ese mes se iba a reunir con los miembros de la Escuela que lo reconocen como guía espiritual, pero fue nuevamente detenido, esta vez para averiguar antecedentes. “No hubo cargos, un nuevo malentendido…”

Luego de recuperar su libertad viajó a Chile y pronunció cuatro conferencias, a “un grupo de amigos y gentes llevadas por esos amigos”. El 15 de febrero retornó al país, a Punta de Vacas, donde trabajó activamente para construir su casa: Una habitación de 3.50 por 3.50 metros, con paredes de piedra de 1.30 metros; techo de chapas de cinc con una altura de 2 metros en la parte alta y apenas 1.20 metros en la más baja. Allí tiene una cucheta, dos cajones, una lámpara a querosene. La casa totalmente pintada de blanco, tiene una pequeña ventana y una puerta, y es fácilmente divisable desde el camino -está a unos tres kilómetros- que une Mendoza con Santiago de Chile. No tiene libros, radio, cuadros…

Ahora está con nosotros dispuesto a ampliar su realidad. Hasta el momento solo se presentó como el muchacho común que estudió, trabajó, viajó. Pero en medio de ese vivir, que él muestra con toda normalidad, hay otra vida. Una vida de búsqueda, que arranca apenas cuando tenía 6 años y comenzó a dudar sobre los misterios con que rodeaban a Dios. “Al principio era una duda intuitiva. De todas maneras era muy devoto, apegado a las formas rituales… Fui confirmado y tomé la comunión con auténtica fe…”

Al dejar la escuela religiosa la búsqueda se inició con más fuerza. De ahí sus fracasos en los otros estudios… Poco tiempo le quedaba para el Derecho y las Ciencias Políticas, pues él “profundizaba en su interior” en busca de esa verdad que pudiera dar satisfacción a sus inquietudes.

Fue, con otros jóvenes, en 1963, fundador del “Kronos”. El inició un amplio movimiento generacional que hoy es seguido por una decena de Ordenes o Escuelas, donde se encuentran nucleados unos ochenta mil jóvenes de toda América, cuyas edades oscilan entre los 17 y 35 años.

Durante muchos años “Kronos” y las otras Ordenes y Escuelas se mantuvieron ocultas. Actuaban en silencio, buscaban, hasta que por medio del estudio y la meditación llegaron a “la fuente de la sabiduría”. Así, afirman que sus conocimientos nacen con el hombre mismo y son transmitidos de generación en generación por los grandes maestros. Durante muchos años, siglos, permanecieron ocultos, pero “ya a llegado la hora y el granero que acumuló el alimento del pueblo se abrirá para que los que sufren hambre sean saciados”.

Silo se inició como todos y llegó posiblemente más lejos que ninguno. Sus compañeros lo reconocieron “el maestro”, pero nadie está supeditado a su autoridad. No se hace adorar… Y si buscó la soledad cerca del Aconcagua es porque allí “puedo meditar sin interferencias extrañas”.

Algunos afirman que es “Cristo reencarnado” y otros “el último de los Budas”. El solamente sostiene que estudia, medita, comenta sus experiencias, y que “los calificativos corren por cuenta de otras personas”.

En torno de la justicia

Fue un reportaje informal. No llevamos preguntas preparadas. Todo fue surgiendo naturalmente. “Existe una enseñanza privada, lejanamente parecida a la que se da en los emisarios religiosos, es la enseñanza de Escuela. Para participar de ella es necesario un gran espíritu de sacrificio y una enorme paciencia. Se comprende que no es mucha la gente con tal vocación. Por ese motivo, la enseñanza de Escuela se da a grupos de números reducidos. Pero además, está la enseñanza pública, que está desde el comienzo de este año a mi cargo…”.

Silo habla con naturalidad, tratando de hacer las cosas claras. Fuma, bebe un vaso de agua. Supimos que nunca toma vino ni bebidas alcohólicas. Que sus comidas son muy sencillas. Cuando inquiríamos sobre las “enseñanzas públicas”, nos dice que están formuladas en: “Los Mandatos”, que dicen: “1°) No mientas; 2°) No mates; 3°) No robes; 4°) Sé fiel; 5°) Logra la paz en ti y en los demás”.
Hay además un “mandato de perfección”, que reza así: “Piensa, siente y actúa en la misma dirección”. Finalmente un “mandato de liberación”: “Purifica el deseo”.

La enseñanza tiene como finalidad desterrar la violencia del mando, liberar a la mujer y al hombre del sufrimiento y del miedo en la Tierra y llevarlos a alcanzar un destino eterno”. Para concretar esto “hay que cumplir los mandatos, meditar cada día y buscar siempre el lado bueno de las cosas…”.

“Un verdadero maestro enseña con gesto serio, pero aquel que lo hace riendo y con bromas es dos veces maestro… Así nos enseñó Silo a nosotros…”, nos había dicho uno de los seguidores. Y Silo trató de alejar la angustia y el tremendismo de se alrededor. “Pues solo con buen humor, alegres, podremos concretar nuestras aspiraciones…”.

Acostumbrados al trajín diario, a correr tras la noticia, a ver injusticias, preguntarnos: ¿Cómo se busca el lado bueno de las cosas? Y él nos respondió: “Todo lo que nos parece feo y adverso tiene también su parte buena. Esa es la que hay que buscar olvidando la otra parte. Al enemigo no solo hay que perdonarlo sino buscar su parte buena y esforzarse por mostrarle nuestra parte buena…”. ¿Por qué existe la maldad en el mundo? “Porque hay injusticia”. ¿Qué es la injusticia? “Obrar con violencia física, económica, racial o religiosa”. ¿Cómo se acaba con la injusticia? “Sin violencia, pero denunciando públicamente todo lo que uno ve o sabe injusto. Este buen ejemplo llega a todo el pueblo y la Verdad no puede entonces ser ocultada”. ¿Cómo se logra la paz en el mundo? Primero en uno mismo. Este contagia a los demás. Pero la paz no se logra con violencia” ¿Dios existe? “Sí, pero no es una persona sino una fuerza, una inteligencia Universal que dirige todas las cosas”. ¿Cómo hay que rezarle a ese Dios? “Para estar con Dios hay que ser puro, pero no se necesita de oraciones, ni de sacerdotes, altares, sacramentos ni estatuas”. ¿Hay cielo o infierno? “El espíritu del hombre es inmortal. Y cuanto más se perfeccione más lejos llega en esta vida y en la otra vida… Más cerca está de la inteligencia Universal a la que llamamos Dios. Pero hay infierno para castigar eternamente a nadie”.

Explíquenos como se logra la paz en uno y en los demás -Silo vuelve a encender un cigarrillo y como si estuviera charlando con un viejo amigo en un porteño café de la calle Corrientes, amplia su exposición:

-La paz empieza en uno mismo y luego se transmite a los demás. Hay guerra y violencia en el mundo porque los hombres no tienen paz en su corazón. Aquel que odie la injusticia, la opresión, la violencia y la guerra, debe comenzar por lograr la paz en su conciencia. Cuando una mujer o un hombre ven una injusticia no deben callarse para no ser cómplices de lo injusto, sino deben denunciar el atropello públicamente y sin temor a ser perseguidos. La injusticia surge cuando uno obra con violencia sobre los demás. Pero hay varias maneras de ser violento. Cuando alguien roba o explota a otro, hace violencia económica. Cuando alguien persigue, insulta o difama a otro porque no es de su raza, hace violencia racial. Cuando alguien quiere imponer por la fuerza su religión a otros o calumnia o no le da trabajo o expulsa de su trabajo a otro porque su religión es distinta, hace violencia religiosa. Hasta ahora se ha dicho: “La obra de la Justicia será la paz”. Yo digo: “La obra de la paz será la Justicia”.

La enseñanza de Silo no es algo terminado ni quieto. Al contrario, se está dando hoy, se está produciendo hoy. Es sencilla, popular, sin las complicaciones de las religiones misteriosas y las grandes filosofías. “El hombre y la mujer que sufren, no reciben consuelo y ayuda de los sistemas complicados sino de la comprensión, del amor, de la sonrisa fraterna. El mundo no será salvado por la complicación y la soberbia, sino por la sencillez del espíritu…”.

Silo y las Escuelas no tienen una relación formal ni de dependencia.

Sin embargo, todos comulgan en el mismo pensamiento. ¿Hay una Iglesia de Silo? “Yo no participé en la fundación de la Iglesia… Silo es un hombre que está en su casa, en Punta de Vacas, traduciendo las enseñanzas dadas por Kronos… A Silo no le interesa la publicidad, ni las implicancias sociales o políticas, a Silo le interesa la Justicia…”

Usted es un hombre que busca en su interior. ¿Qué opinan de los que se drogan, de los que utilizan el ácido lisérgico para lo que ellos llaman “sus viajes”? “Eso le reprochamos a los hippies… Todo lo que sea medio artificial para superar la conciencia, la termina degradando…”.

La charla se prolonga, gira sobre distintos temas, pero lo principal ya ha sido dicho. Son las tres de la mañana y Silo tiene que regresar a su casa de la montaña. Allí esperará a todos los que quieran escucharlo el domingo 4 de mayo, donde hablará sobre la “Cura del sufrimiento”. Prometimos estar allí.

1 de Enero de 1969

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