Llamamos “racionalismo” a la “Doctrina filosófica cuya base es la omnipotencia e in­dependencia de la razón humana”(27).

Agregamos también las siguientes definiciones:

Muy influyente ha sido el racionalismo -especialmente el metafísico- en la filosofía clá­sica griega. En algunos casos (como en Parménides) ha alcanzado caracteres extre­mos, pues la afirmación de la supuesta racionalidad completa de lo real ha exigido la negación de cuanto no sea completamente transparente al pensamiento racional (y aun al pensamiento racional basado en el principio ontológico de identidad). El movimiento ha sido denunciado por ello como no existente; para Parménides, en efecto, sólo es predicable («decible», «enunciable») el ser inmóvil, indivisible y único, que satisface todas las condiciones de la plena racionalidad. En otros casos (como en Platón) se ha «atenuado» esta exigencia de completa racionalidad (metafísica y gnoseológica), dán­dose cabida en el sistema del conocimiento a los «fenómenos» y considerándose las «opiniones» como legítimos saberes. Pero puesto que, aunque legítimas, las «opinio­nes» son insuficientes desde el punto de vista de un saber completo, el racionalismo parmenidiano ha vuelto a surgir como un postulado difícil de evitar. Si la realidad ver­dadera es lo inteligible, y lo inteligible es racional, la verdad, el ser y la racionalidad serán lo mismo, o cuando menos serán tres aspectos de una misma manera de ser. Co­ntra estas tendencias racionalistas, extremas o atenuadas, se erigieron en la Antigüe­dad numerosas doctrinas de carácter empirista. En algunas de éstas (como en Aristóte­les y muchos peripatéticos), el componente racionalista es todavía muy fuerte, tendién­dose a un equilibrio entre racionalismo y empirismo; en otras (como en los empiris-tas stricto sensu y en los escépticos, epicúreos de la escuela de Filodemo de Gadara, etc.) el racionalismo desaparece casi por completo. Hay que observar que en numero­sas tendencias racionalistas antiguas, el racionalismo no se opone al intuicionismo (en la teoría del conocimiento), por cuanto se supone que la razón perfecta es equivalente a la perfecta y completa intuición. En varias corrientes, el racionalismo se integra con tendencias místicas, las cuales son consideradas como la culminación del proceso del conocimiento racional.

Las corrientes citadas subsistieron durante la Edad Media, aun cuando resultaron no­tablemente modificadas por la distinta posición de los problemas. La contraposición entre la razón y la fe y los frecuentes intentos para encontrar un equilibrio entre ambas alteraron substancialmente las características del racionalismo medieval. Ser raciona­lista no significó forzosamente, durante la Edad Media, admitir que toda la realidad -y en particular la realidad suma o Dios- fuera racional en tanto que completamente transparente a la razón humana. Se podía, pues, ser racionalista en cosmología y no en teología. Se podía considerar el racionalismo como la actitud de confianza en la razón humana con la ayuda de Dios. Se podía admitir el racionalismo como tendencia sus­ceptible -o no susceptible- de integrarse dentro del sistema de las verdades de la fe, etc. Al mismo tiempo se podía considerar el racionalismo como una posición en la teoría del conocimiento, en cuyo caso se contraponía al empirismo. Frecuente fue sobre todo contraponer el racionalismo platónico con el empirismo aristotélico, y aun aceptar este último como punto de partida para desembocar en el primero; en una versión modifi­cada del mismo.

El impulso dado al conocimiento racional por Descartes y el cartesianismo, y la gran influencia ejercida por esta tendencia durante la época moderna, ha conducido a algu­nos historiadores a identificar la filosofía moderna con el racionalismo y a suponer que tal filosofía constituye el mayor intento jamás realizado con el fin de racionalizar com­pletamente la realidad(28).

Como se destaca en la nota anterior, en Occidente esta corriente tuvo su importancia evolutiva en distintos momentos históricos, al privilegiar, en líneas generales, a la des­cripción racional de los fenómenos sobre los relatos inconsistentes que pretendían dar sólo explicaciones “mágicas” de aquellos fenómenos.

Así, en los últimos siglos y ya desde el Renacimiento (Siglos XV y XVI ), con su vi­sión humanista y diferenciada de la “imagen del mundo” proveniente de la religión im­perante y con más vigor desde la Revolución Francesa (Siglo XVIII ), en su justificada disputa para superar la organización social proveniente del denominado “derecho divi­no”, una suerte de racionalismo primitivo(29) fue impregnando culturas enteras y se fue instalando como trasfondo en el paisaje de formación de numerosas generaciones.

Y desde allí, desde la copresencia epocal, fue derivando hacia los individuos manifes­tándose como una tendencia hacia la censura y la autocensura “racional”.

De este modo, fue ganando terreno el escepticismo y se fue apagando la inspiración trascendental y la conexión “entre lo terreno y lo eterno”.

Además, los significados compositivos y utilitarios de los objetos del “mundo natural y social” se trasladaron también hacia lo interpersonal y se consolidó un sustrato copre-sente, que fue alejando de lo humano a las resonancias trascendentales.

Ya avanzado el desarrollo de este proceso, el racionalismo fue dejando su huella de “va­cío y sin-sentido” y así esta decadencia necesariamente fue llevando a aquellos pueblos y culturas a intentar retomar las búsquedas sobre la espiritualidad, sobre la posición vital frente al misterio de la muerte y en este contexto, también esos individuos y esos pueblos fueron experimentando la necesidad de reencontrar aquellos significados pro­fundos que permiten sustentar la existencia.

(27) Diccionario de la lengua española. RAE. 22ª edición.

(28) Diccionario de Filosofía. Ferrater-Mora. Pág.2982-2985. Vol.4. Ed. Barcelona: Ariel. 1994.

(29) Obras Completas. Silo. Vol.1. Habla Silo. Pág. 926. Plaza y Valdés Editores. 2002.